miércoles, 15 de marzo de 2017

CORE


Ya está, ya has llegado. ¿Y ahora qué?

Ya has visto las lágrimas que resbalan por el interior de la última de las capas que protegen el foco del que emana la acidez que se te pega a los ojos, como los acordes tristes en las noches de verano, y al que solo llegas tras mucho desechar la suficiente cebolla como para pensar que todavía no llegaste al destino buscado, que la parada es la siguiente a la que indican todos los mapas y consejos.

Ya has oído el latido oculto bajo la distorsión de un susurro que nunca logro calmar, el pensamiento inquieto que vibra en lo más fundamental de mis fundamentos, materia sólida rota que rota sobre el eje inverso al descrito por la teoría cuántica; no son mentiras, son salvavidas.

Ya has atrapado el olor a azufre que burbujea entre mis entrañas, que ofrecen baño a Satanás que entre sulfhídrico rememora la caída de todos los mitos e ilusiones. La condena a todos esos sueños de justicia a vagar entre el rencor a un mundo que no se pudo cuidar. Alimentando lo más enfermo que habito y que sin embargo conservo. Mal consejo no enterrar recuerdos moribundos por peligro de contagio.

Ya has sentido las caricias rimadas a destiempo, que como estrellas no son más que el destello de algo que paso y no supe ver; y ahora, entre la oscuridad real que me rodea, alumbro mi camino a base de puntos de luz de antiguas supernovas ya extintas. Gritos de viejos orgasmos en el cielo que guían mi camino de forma errante para no perder la costumbre, de adorar musas platónicas y despreciar la plateada luz que da la luna cambiante del hoy y del ayer.

Ya lo has probado. Saboréalo. Revuélvelo en tu paladar. Y escúpelo. Sabiendo que jamás volverás a captar la esencia de algo que no habrías deseado degustar. Pero pregúntate, ahora que has llegado hasta aquí. ¿Qué harás ahora conmigo?

Completaste el puzle con la mitad de las piezas porque del resto me deshice en una bolsa agujereada que até con el cemento de todos los proyectos sin terminar que comencé un día y de los que me arrepentí a los cinco minutos de empezar. Ahora que has visto todas las vías por las que escapé de la realidad hasta formar mi propio universo, respóndeme. ¿Huirás, como siempre hice yo, o te quedarás para saber por qué aun así crecen las flores en este páramo de soledad?


Drizzt Beleren

domingo, 5 de marzo de 2017

Cada noche

Como cada noche, había gastado toda su fuerza de voluntad en alejarse de aquel vaso y, como cada noche, había fallado. Hecha un ovillo sentada en la cama lo sujeta con manos temblorosas.

Mira las profundidades del vaso y el ambarino whisky le muestra con burla su reflejo. Oscuras ojeras, labios agrietados, ojos enrojecidos. Nada que no supiera ya. En la imagen proyectada por el alcohol todo parece menos real.

Desea meter todos sus recuerdos en ese vaso y hacerlos desaparecer. Es perfectamente consciente de que no podrá hacerlos desaparecer para siempre, pero con librarse de ellos por unas cuantas horas le basta.

Su sonrisa es amarga mientras se acaba el vaso lentamente, sintiendo como cada gota va borrando sus recuerdos y su dolor.

El mundo se mueve, difuminándose a su alrededor. La cabeza le duele un poco pero no le importa. Ingravidez. Le gusta esa sensación, la de no pesar nada. De repente tropieza y cae al suelo.

Es liviana como una pluma, se levanta sin problemas. Ligero dolor en la rodilla. Pero ella no siente nada, el dolor ha desaparecido por completo. Y eso le encanta. Es exactamente lo que necesita.

Bar. Luces cegadoras. Música atronadora. Tequila. No sabe donde está pero eso ha dejado de importarle hace rato. Otro bar. Más tequila. Canciones. Bailes. Besos. Risas. Se permite sentir felicidad por un breve instante. Otro bar. Soledad. Llanto. Negro.

La resaca y el dolor de rodilla reclaman su atención en cuanto abre los ojos.  Se da la vuelta y el espejo le devuelve su mirada perdida. Comienza con su rutina para esa clase de mañanas, empezando por lo fácil. Nombre. Edad. Trabajo. Anoche.

No recuerda nada, aunque tampoco quiere hacerlo. Suspira. Cojea fuera de la cama en busca de agua y ve la botella que dejó a mitad en la estantería al lado de sus libros. Se sirve otro vaso mientras piensa que ya se enfrentará a sus recuerdos otro día.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Viaje de vuelta a casa

  No era la primera vez que ella volvía acariciando el acelerador, casi sin apenas tocarlo, dejando que el coche se dejase llevar por la marea de humo negro que impregnaba la ciudad. A ritmo suave, buscaba que sus pensamientos se sumergiesen en esa densa lentitud que marcaba el tráfico, evitando llegar a casa. Los problemas que se acumulaban ahí eran más de los que cabrían en cualquier historia, más de los que cabían en su corazón. Tantos, que no le permitían pensar. Su alarmante falta de velocidad era su pequeña forma de huir, de evadirse, de llorar en soledad.

Quizás fuese porque la luz de su propio mundo empezaba a apagarse o porque su canto se marchitaba, pero estaba dejando de ser feliz. Qué duro era encontrar un amor que te apague el brillo de los ojos. ¿Por qué no lograba sonreír si lo amaba con todas sus fuerzas?
Pero lo que más le alarmaba era ver cómo su rostro se iluminaba al verla, notar los latidos de su corazón acelerarse y no evitar sentirse culpable; homicidio prudente de un mundo que habían construido juntos para quedarse ahí a vivir.

Y, una lágrima tras otra, se fueron volando las hojas del calendario, barriendo los minutos de las vueltas a casa, hasta que supo que no habría más regresos en silencio.


A la mañana siguiente, el coche aguardaba junto su casa, él bajó y vio como ella, esta vez, no ocultaba su llanto.

Drizzt Beleren

domingo, 26 de febrero de 2017

La habitación


Cierro los ojos y dejo la mente en blanco. Me desprendo de mi cuerpo  y dejo a mi conciencia libre.

Entro en la habitación, está llena de cuadros. Reconozco cada una de las imágenes que cuelgan de las paredes blancas. Yo misma colgué cada una de esas  imágenes, cada una de ellas es un recuerdo. Me detengo delante de una de ellas, la observo  y sonrío. Sigo andando por la estancia, solamente una bombilla la ilumina creando un juego de luces  sombras, el cual me gusta imaginar que representa la vida. He tenido momentos felices  también tristes.

Aquí dentro están cada uno de mis logros, les puse marcos dorados muy ornamentados. También están mis fracasos, los cuales imprimí en grande,  más grande que cualquier otro recuerdo. Cada vez que perdí me hice más fuerte, por eso los fracasos son, para mí, más importantes que todos mis logros.

Una de las paredes esta resquebrajada y llena de humedad. En esta parte no llega bien la luz. Aquí están los momentos más duros que he tenido que soportar. Perdidas de personas, puntos de inflexión. Responsabilidades que pesan demasiado.  

También están mis sueños, mis anhelos. La mayoría son fantasías infantiles, los pilares de lo que soy ahora. Me detengo delante del cuadro más fascinante de toda la estancia, no es muy grande, pero es quizás el más importante de todos, el que explica quién soy. Es una imagen de un cielo estrellado. Mi fascinación por las estrellas me ha llevado a ser quien soy ahora. Cuando me siento sola me detengo a mirarlas, alzo mi vista hacia ellas, sabiendo que mi futuro está ahí arriba. Mis ojos siempre se posan en una parte minúscula del cuadro, ahí está, una  pequeña estrella, brilla poco, algo le bloquea. Sin embargo es la que me inspira a seguir, ella guía mi camino.

viernes, 24 de febrero de 2017

Este maldito frío

Poco a poco, empezó a despertar. Trató de resistirse, cerrando fuerte los ojos y haciendo un ovillo de su cuerpo, intentando combatir el frío. Todo fue en vano. Lenta e inexorablemente, como si pudiera suspenderse en su lenta caída hacia la realidad pero un peso le arrastrase, tomaba conciencia.

En aquel estado, ajena todavía a los problemas de la rutina, del día a día, del tiempo y, en fin, de la vida misma, estaba en paz. Sentía, con una certeza implacable, que mientras no abriese los ojos no existiría. Que su cuerpo y sus banalidades, desconocidas entonces e inertes en su ausencia, se perderían en el inagotable tiempo.

Tenía ante sí una gran decisión, ¿cedería al obstinado deseo de vivir, o se atrevería a postergar la serena placidez del olvido?, ¿conseguiría, mediante un inofensivo y despreocupado suicidio de la conciencia, el irreal bienestar que nos ansiamos imponer pero sólo podemos soñar?

Tal hamletiano dilema le permitió posponer la sentencia hasta que cada parte hubo desarrollado todo su discurso en aquel quimérico proceso. Mas cuando el introvertido soliloquio llegaba a su auge, extendiendo la idea de la existencia parcial en la propia vida, con porciones de ésta latentes, pero dormidos y, a objetos prácticos, inexistentes, despertó.

Con una vigorosa convulsión y una bocanada de aire, se estrelló contra la realidad. Recuerdos, sentimientos y demás cargante bagaje saturó su hasta entonces libre cerebro. Mientras lloraba lágrimas secas, intentaba rememorar y buscaba una manera de calcinar, u olvidar, ese maldito frío que no le deja.

M E L O