La respiración acelerada, la mirada encendida. Calor en el cuerpo que agobia y no deja pensar. Sus ojos se buscan, intensos, en cada inhalación y exhalación, haciendo rebosar la tensión entre los dos. Los besos, alocados y suaves a la vez; los labios, la saliva y sus lenguas se acarician y se mezclan en un baile infinito y desenfrenado que busca el éxtasis y no lo llega a encontrar.
Se olvida el mundo. Sólo existen ellos, las ganas y el placer que se quieren dar. Las caricias se vuelven más húmedas conforme el frenesí lo apremia y ellos, ellos no lo quieren parar.
Comienza a desnudarle, los mordiscos y besos en la carne recién descubierta mantienen la lujuria en algo tan natural. Descubre sus pechos, hermosos y generosos en sensualidad. Los cubre de saliva mientras una mano le baja las bragas y la otra le acaricia de manera viva los húmedos labios de abajo, que parecen esperar las caricias, y se estremecen cuando el placer no se puede controlar.
Ella, nota sus fuertes brazos, que mezclando pasión y delicadeza hacen que no se pueda dominar. Se gira y le tumba, le quita la camiseta, y bajando poco a poco los besos y mordiscos por las zonas más sensibles llega al pantalón, y lo desabrocha sin más.
Le agarra el miembro, ya erecto y en posición desafiante, nota su dureza y se lo lleva a los labios, mezclándose los fluidos mientras empieza a libar. Pasa la lengua por el glande y la zona del orificio, lentamente, haciendo caricias que a él le hacen jadear. Rodea el glande con sus labios y baja y sube, y vuelve a bajar. Cada vez acelerando y succionando un poco más. él le agarra el pelo, sin hacer daño, y le acaricia con fuerza contenida, esa que no puede todavía soltar. Cuando el arrebato se hace imposible de impedir la levanta con los brazos por las piernas, se la sube a los hombros y deja soltar su lengua entre sus labios, fuera y dentro, y usando los labios para acompañar. El clítoris se pone duro cuando insiste con la lengua y los gemidos de ella se hacen notar. Todo está a punto y ellos, ellos no lo quieren parar.
Ella baja sus piernas hasta las suyas con su ayuda. Ella apreta sus piernas en su culo, y apenas tiene que dirigir su polla hacia su coño, y ya empieza a entrar sin más. Ella nota como le penetra suavemente mientras palpita, rozando en las paredes y dándole placer, él nota el calor húmedo de su interior rodeando su virilidad. Así y allí, ella encima de él comienzan el movimiento sinuoso que se acelerará y se acelerará. Al principio silencioso, luego cada vez más ruidoso hasta que el sonido es insultantemente audible, mostrando soezmente como se follan con tantas ganas que les sobran y les desborda en aquella locura hecha diversión.
Ella bota encima de él, que le ayuda en el movimiento mientras le sostiene con vigor. Sus pechos, botan en un movimiento armónico, con los pezones desafiando al cielo y él desearía tener otra mano para poderlos acariciar.
Cuándo el éxtasis es tal que a él le cuesta concentrarse en algo más se dejan caer hacia atrás y él se tumba, sin darle tiempo a parar. Ella comienza a hacer movimientos hacia adelante y atrás mientras él agarra lo que puede y pone cara de que no va a poder aguantar mucho más. Ella acelera y acelera, notando como poco a poco le gusta más.
El éxtasis, ansiado y buscado, no tarda en llegar. Él se corre y se corre a espasmos dentro de ella, que no para pese a chorrear y chorrear. Se alarga el éxtasis unos momentos en los que nadie quiere que se vaya a acabar.
Ella se tumba encima de él. Él todavía dentro de ella, ¿dónde más cómodo va a estar?. Ella nota como todavía palpita dentro de ella y él todavía no lo quiere sacar.
Se miran sonriendo y satisfechos. La mirada todavía es pícara y no se dejan de desear. No tienen prisa ni nada que les impida volver a empezar. Vuelven las caricias y los besos y ellos, ellos no lo quieren parar.
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lunes, 28 de abril de 2014
sábado, 26 de abril de 2014
Cambio radical
Leticia
ha sido la cuarta desde que empecé a salir con chicas. Otro desastre amoroso
más a mi vida. Me llamo Raúl y tengo 30
años. Desde los 17, como casi todos los chicos, empecé a salir con las chicas
de mi edad.
Rosa, Marta,
Esther y Leticia. Cuatro mujeres en 13 años. Cuatro relaciones desastrosas.
Perdí la virginidad con Marta, llevábamos 1 año y 3 meses juntos y desde esa
noche no volví a saber de ella. La verdad, no me importó que se vistiese, se
marchase y se fuera porque mi comportamiento no fue el mejor. Cuando acabamos solo
pude decirle: “pues no es para tanto esto del sexo”. Vi como su enfado
aumentaba por momentos pero no pude evitarlo, mi filosofía de vida siempre
había sido decir la verdad pese a todo.
Con
Marta era feliz. Nunca pidió sexo así que yo tampoco lo hice. La verdad, yo
podía vivir sin él. Pero Marta acabó por dejarme, por aquel entonces yo tenía
21 años. Marta se fue porque sabía, ambos sabíamos, que no la quería. Antes de
irse me dijo: “Raúl, háztelo mirar pero sinceramente, creo que eres homosexual”.
Yo me reí a carcajadas. ¿Cómo podía ser yo uno de esos que se acuestan con tíos?
La cosa quedó ahí. Marta se cambió de ciudad, a veces nos escribimos y siempre
me pregunta si ya he cambiado de acera. Creo que somos buenos amigos.
Con Esther
duré muy poco, creo que 9 meses. Nuestra vida sexual era activa, a ella le
encantaba follar, así lo llamaba ella. Siempre que teníamos oportunidad lo
pedía y a mi no me importaba dárselo. Sin embargo, durante los meses que estuvimos
juntos no disfruté del sexo ni una vez. Siempre me sentía incómodo, sucio,
infeliz así que, para que no pasara lo mismo que con Rosa, tuve que cambiar mi
filosofía de vida y empezar a mentir. A Esther siempre le decía que me
encantaba que me hiciera el amor, que disfrutaba con su cuerpo. Mentira,
siempre era mentira...
A Esther
la dejé yo. Ya me había cansado de oír a mis amigos que el sexo era lo mejor
que hay en la vida, que era una forma de huir de todo y de no sentir eso. Así
que, creyendo que no disfrutaba por culpa de ella, decidí dejarla. Esther no se
enfadó, estuvo de acuerdo. Parecía que nunca nos hubiésemos querido, por aquel entonces yo tenía 23
años.
Hasta
los 29 estuve solo, siempre por decisión propia hasta que conocí a Leti. Al
principio, ella era diferente al resto, creo que llegué a amar a alguien por
primera vez hasta que hicimos el amor. Fue una noche romántica a la luz de las
velas y con música de Verdi pero otra vez no disfruté. Ella sí lo hizo porque
lo sentí en sus manos apretándome sobre las mías. Por primera vez en años, sentí
pena.
Decidí
afrontar mi problema y hablarlo con Leti. Me entendió y decidimos darnos un
tiempo. Según ella, si
la echaba de menos significaría que la quería pero si no volvía a pensar en ella lo mejor sería dejarlo para siempre.
Al principio sí pensé en ella hasta
el día de mi 30 cumpleaños. Mis amigos y yo salimos de fiesta. Creo que bebí
demasiado porque casi no recuerdo nada de aquella noche. Solo sé que disfruté por
primera vez en mi vida del sexo. Me desperté en casa con la sensación que
siempre habían descrito mis amigos: “el sexo es lo mejor que hay en la vida”. Pero
entonces intenté recordar el nombre de quien me acompañaba en la cama y no lo
logré. ¿Carmen, María, Luz? No, decía mi cabeza. Hasta que, de repente, lo
recordé, me había acostado con un amigo de mi mejor amigo. Se llamaba Marcos.
Sentí asco de mi mismo. Tenía miedo a aceptar mi tendencia sexual.
Al principio no lo acepté. Estuve
tres semanas evitando a Marcos. Mi cabeza repetía y repetía que yo no era uno
de esos homosexuales. Me acordé de Marta y decidí llamarla. Tenía mucho miedo.
Sin embargo, ella fue amable y me hizo ver que no era raro sentir placer con
alguien del mismo sexo.
Esa misma noche quedé con Marcos.
Cenando en su casa me di cuenta de que me había enamorado de él. Era mi media
naranja. Esa noche me hizo el amor y por segunda vez en mi vida sentí placer, deseo y amor por alguien pero a la vez sentí pena por haber tardado
13 años a darme cuenta de lo que soy.
Sarasvati
viernes, 25 de abril de 2014
Bulevar
Hace un día precioso para dar un
paseo, pero había olvidado el esguince que me hice hace unos días. Resignado,
he cogido la bolsa y me he ido a coger el cercanías. La verdad es que quería ir
andando para no tener que sostener la mirada de nadie durante más de dos
segundos. Mi único consuelo es que, al parecer, el Destino cree que hoy me he
portado bien (por extraño que parezca) y me ha recompensado con un vagón vacío.
Hoy no me apetecía abrir ningún libro, la perspectiva de lo que me espera ha guiado mis ojos hacia la ventanilla. El bulevar de la Revolución contrasta con mi
estado de ánimo, está más bonito que nunca. Miro mi muñeca y el reloj
incrustado me indica que ya es junio. Quizá eso explique toda esta luz. Sí, las
flores encajan.
Al llegar a la plaza de la Novedad, dos
hombres se suben a mi compartimento y toman asiento. Ambos son altos y morenos. Se mueven gráciles, uno se quita la americana con una feminidad muy
alejada de mis piernas abiertas y mi postura relajada. Parecen no haber
dedicado ni medio segundo a mirarme y eso me tranquiliza. Se dan la mano, se
sonríen y se besan. Por fin, mi mirada intrusiva y llena de envidia llama su
atención. Parece que algo les hace percatarse de mi condición y mis celos rebotan
en sus facciones, mutando y devolviéndome un rayo de desprecio. No hago mención
de moverme. Los labios del grácil, retorciéndose con asco, dan luz a una sola
palabra: vámonos.
Hace algunos años este tipo de
reacción habría tenido algún efecto sobre mí. Habría pedido perdón, habría
salido corriendo, les habría dado un puñetazo. La vida me ha enseñado…me ha
obligado a permanecer inmóvil. Desde el instituto, desde que mis madres me
decían «por favor, cariño, no mires así a las chicas. Les haces sentir
incómodas». He soportado tantos insultos, tantos golpes, he perdido a tantas
personas al confesar lo que soy. Intenté esconderlo, cambiarlo, convencerme de
que es cuestión de elección. Hasta que la conocí. Fue por casualidad. Iba a entregar
unos papeles a la universidad y me ayudó a rellenarlos. Hubo una conexión casi
inmediata. Pasaron meses hasta que me enteré de que no trabajaba en la secretaría,
sino que era profesora de Historia. Por supuesto, no éramos más que amigos,
buenos amigos. Me gustaba tanto estar con ella que fingí como jamás lo había
hecho. Qué cara debió de quedárseme cuando, durante aquella cena, sacó un libro
de su bolso, lo puso con dulzura sobre la mesa y, sin mirarme, lo empujó hacia
mí. Antes de que pudiese abrirlo, me dijo que esperase. «Sabes que las cosas
antes no eran así, pero tampoco sabes mucho más. Espero verte la semana que
viene». Después, se levantó y se fue.
Aquella misma noche devoré el libro.
Las páginas se me escurrían entre los dedos, las letras bailaban ante mis ojos
perplejos. Contaba una historia de amor narrada por un hombre. Un amor puro y
natural, que fluía entre dos almas. Un amor entre ese hombre y una mujer. Un
amor, para mi sorpresa, aceptado y celebrado. Un amor normal. Devoré el libro con demasiada rapidez, no pude digerirlo
inmediatamente. Las ideas se me agolpaban, querían salir de mi cabeza. Aquel
libro debía de ser antiquísimo y, además, una aberración. ¿Cuántos ejemplares
habría? Claro, este debía de ser propiedad del departamento de Historia.
En el colegio nos habían explicado,
como si de algo vergonzoso se tratase, que antes los hombres y las mujeres
mantenían relaciones sexuales para concebir hijos. Por supuesto, nuestros
profesores se sacudían esa parte de la punta de la lengua en cuanto podían,
como si la simple idea ardiese. Pasaban rápidamente a contarnos cómo, gracias
al Destino, la ciencia nos había proporcionado la inseminación artificial y
había hecho posible abolir y prohibir aquellas relaciones antinaturales,
enfermizas… Sin embargo, lo que acababa de leer no parecía cuadrar. Aquellas
páginas no describían una relación tortuosa, forzada, encaminada solamente a la
supervivencia de la especie humana. Durante el resto de la semana busqué entre
las comas algún signo que evidenciase la presencia de otro hombre en la sombra,
haciendo posible que el autor tolerase una vida tan miserable… No lo encontré.
Confuso, me preguntaba cómo habría descubierto mi secreto y por qué no me
había denunciado.
A la semana siguiente, acudí a
nuestra cita de siempre con el libro bajo el brazo, seguro de que ella no
aparecería. Pero apareció, con una sonrisa trémula que no supe interpretar.
Entramos al restaurante. Me dijo que lo había sabido desde la primera vez que
nos vimos, que a ella —bajó la voz— no le gustaban las mujeres, que quería
enseñarme algo. Pagamos la cuenta y fuimos a su casa. Abrió una habitación que
resultó ser una biblioteca enorme, llena de libros antiguos. Me dijo que
cogiese cualquiera de ellos. Pasamos la noche leyendo. Poemas de hombres que
querían hacer el amor a una mujer, relatos
de mujeres que declaraban su amor
incondicional a un joven. Historias de pasiones, de relaciones tortuosas, de
cariño, de celos… hombres y mujeres, mujeres y hombres, mujeres y mujeres,
hombres y hombres… ¿En qué momento había cambiado todo aquello? ¿Por qué llevo
toda la vida sufriendo por algo que soy?
Nos besamos e hicimos el amor.
Hoy hace más o menos quince años de
aquello. Hemos estado quince años juntos, en secreto. Me presentó a personas
que encuentran nuestros gustos naturales, los compartiesen o no. Hace un mes, planeando
una de nuestras reuniones clandestinas, la detuvieron. Ayer la ejecutaron.
Por fin llega mi parada. Me están
esperando los demás, cada uno con una bolsa en la mano. Creo que el bulevar se
va a llenar de humo esta noche y siento pena por las flores.
Djalí
miércoles, 23 de abril de 2014
Depredadores
En un mundo de acero
existe otro paralelo, frío y crudo con un ritmo distinto. Mi mundo.
Algunos me llaman Shasha, otros Colette, otros Lyla... Soy una
ladrona. Robo porque es lo único que sé hacer. Robo por y con
placer. Escojo uno que aparente tener recursos, sin importar la edad
o si lleva alianza, y una vez captada su atención, les susurro al
oído: “Esta es tu noche de suerte”. Lo demás viene solo... Es
rápido: No hay necesidad de hablar, no me importa de dónde vengan y
no necesitan una clave porque estoy desbloqueada. Cuando se dan
cuenta están solos y con los bolsillos vacíos ¿Remordimientos?
¿Qué es eso?
Pero un día cambió
todo. Buscaba una nueva presa cuando él apreció por la puerta,
pidió su cóctel y me atacó antes de que yo pudiera hacerlo. Era
atractivo, llevaba anillo, traje, rolex y de edad aceptable ¿qué
podía perder? Él tenía un pisito solo para estas ocasiones. Sus
labios sabían a cereza por el cóctel. Cada vez que abría los ojos
solo veía esas sábanas negras luchando contra nuestros cuerpos.
Nunca nadie me había hecho temblar como él. Me atravesó entera.
Sus garras recorrían mi cuerpo mientras me mordía el cuello
devorándome. Porque él no me acariciaba, me exprimía. No me
sujetaba, me ataba. No me acompañaba en la carrera, me dominaba. Y
eso me gustaba. Mi corazón suspiraba, rugía, chillaba, se
estremecía, vivía, moría, resucitaba... Había encontrado un
depredador más veloz y feroz que yo. Era demasiado avariciosa,
quería más. Antes de salir, dijo: “Hasta la próxima”. Iba a
haber una próxima. Por primera vez, alguien se me adelantó en la
huida y regresó a casa con la cartera llena.
Al día siguiente, el
mismo procedimiento. El mismo local sofisticado. El mismo cóctel. El
mismo piso. Con otro traje. Otro rolex. Otras sábanas negras,
siempre negras. Otros mordiscos. Otra carrera... Se convirtió en una
adicción. Le acompañé a muchos viajes de negocios y adoraba ser su
nuevo rolex. Yo era tan perfecta en ese ambiente de puros y peces
gordos, tan deliciosa para sus colegas. Una manzana prohibida, porque
yo era suya. De nuevo, me hacía crujir, sudar. Corríamos sin salir
de la cama. Y al acabar, siempre antes del portazo murmuraba: “Hasta
la próxima”. Aunque la próxima fuera al día siguiente. Nunca
dormíamos juntos. Competíamos en un juego de depredadores en el que
ambos éramos expertos, tanto en la habitación como en los negocios.
Él era tan ladrón y embustero como yo. Me llenaba de regalos caros
que me mantenían siempre a la sombra. Sin
darme cuenta, había pasado de lobo a conejo. De utilizar a ser
utilizada. Sí, yo era solo suya, pero él al volver a casa no era
solo mío. Ayer la trajo al local. Era una realidad a la que yo no
tenía acceso. Parecía buena, tan diferente a nosotros. Era buena.
Mismo procedimiento.
Mismo hombre. Misma ladrona. Le preparo un coñac con un
regalito dentro. Me dejo hacer y lo disfruto sabiendo que, por mi
salud, esta es la última vez. Se duerme nada más acabar. Cojo la
cámara escondida que nos ha gravado, su tarjeta bancaria y el
portátil. Hago las transmisiones. Mitad y mitad de su gran fortuna.
Junto a la mitad de su mujer le envío quince segundos del vídeo
donde no se me reconoce. Elimino las pruebas. Supongo que al final un
ladrón siempre es un ladrón. Es un pena que no pueda quedarme para
ver su cara.
Antes de irme le dejo una
nota en el interior de la cartera vacía que pone: “Hasta la
próxima”.
Alicia Salazar
martes, 22 de abril de 2014
Lover of the night.
- “Esto no va a ser una historia bonita” me dijo en silencio,
mientras su mirada me deshojaba, mientras lento se acercaba a mi mente y me
leía hasta la etiqueta de las bragas.
- “Aráñame el alma, pero no me desarmes el corazón”, le intenté
susurrar entre mordiscos y sueños rotos por sus pantalones.
Es curiosa tu mirada que me pregunta
con miedo e incertidumbre qué es lo que estoy buscando de ti. “No lo sé.” Y por
eso sonrío. Y por eso me temes más.
El miedo te acelera, lo noto. Tus
brazos, tensos, agarran mis ilusiones y mis pretensiones, al mismo tiempo.
Flojean un momento, eso es que estoy llegando donde querías y me miras, sonríes
y eso me hace confiar en ti.
Nos seguimos buscando los puntos
débiles y los arañazos nos dan indicaciones sobre lo que el otro está deseando,
un poco más, solo un poco más. Paramos. Cambiamos. Volvemos. Dormimos. Me
despiertas entre besos en el cuello y caricias. Me encuentras. Sonrío. Sigo sin
saber qué haré contigo en unas horas. Volvemos. Sudamos. Me temes aun más. Te excito aun más.
Apagamos la noche mientras el día se
despierta con dos poetas de la tempestad abrazando la tormenta de sensaciones
que vivieron en silencio hace unas horas.
Todo funcionó a la perfección… Pero ya
sabes lo que dice el dicho, lo bueno si lento dos veces breve.
Así que… Días, horas, meses, minutos…
No sé cuánto tiempo pasé esperándote y fantaseando con tu dedo en mi cintura. Yo
quería beber más de ti pero tú, como buen vividor de la nocturnidad y de los
bares de encuentros inesperados en noches azules, o verdes, o grises… sabías
cómo huir.
Podría decir que te fuiste sin dejar
huella, sin dejar marca, pero mi espalda no decía lo mismo y mis piernas, aun
temblorosas, tampoco. Es muy fácil hablar de sexo, lo difícil es vivirlo a pelo
y no salir herido de él.
Podría mentir y afirmar que se me dio
bien lo de no encapricharme de ese ligue de una noche, pero hoy estoy
rabiosamente sincera. No pensaba que esas tonterías por las que tanto me metía
con él acabarían metiéndose en mi corazón, me quitarían un pequeño pedazo y me
lo devolvieran en forma de rabia.
Cuando notaba sensaciones extrañas de
vacío se lo comenté a mi poetisa de la enfermedad sexual particular. Ella me
sentenció con un simple “bienvenida a los rollos de una noche”.
No me gustó. ¿O sí?
Mientras me planteaba si llamarte o
no, he probado otras bocas, he bebido de otras fragancias, de otras mentes, de
otras vidas. Y, gracias a ellos, o a mí, he caído en la cuenta de que no soy de
acurrucarme entre piernas y alucinaciones de poetas, yo tengo que delirar con
ellos, al mismo ritmo, de la mano o de los pensamientos, pero unidos.
Pero, aunque podría decir que he
aprendido la lección, como he dicho, o me dijeron, esta no es una historia
bonita. Sé perfectamente que, como cualquier otra droga, esto tiene sus pros y
sus contras. Y que, con otras drogas, los pros se acentúan mientras tu sonrisa
se clava en mi clavícula y me pide un poco más esta noche.
Ahora, como buena estúpida humana que
soy, creo que lo que viene es muy distinto o que, por lo menos, lo soy yo. Y
quizá, por eso, ahora ya no hablo. Solo actúo.
Cuanto más en silencio bailes conmigo
esta noche, más posibilidades tienes de tenerme derrotada en unas horas. Cuanto
menos quieras demostrarme lo que te importa que me importes, más me importará
que vuelvas a encontrarte conmigo. En unas horas o en meses. Pero encuéntrate
conmigo.
Neko
lunes, 21 de abril de 2014
Con nombre de guerra
Duerme la ciudad bajo la íntima luz de una luna que
hoy parece perderse en el difuminado dibujo del firmamento. La oscuridad se
esconde en el alma de una vela que resiste a apagarse, en una vieja melodía que
recorre las paredes de la habitación; que recorre las paredes de su corazón.
Las estrellas arden allí a lo lejos, demasiado dolor ensucia sus sentidos como
para ser testigo de la maraña celestial.
Su piel, el frío roce de las mentiras, el cálido
sudor que alimenta la rabia; su piel. Dos crudas manos imponen el ritmo del
reloj, el tictac suena a delicia de un solo corazón en un juego de dos. Sus
labios niegan la verdad, maldicen las miradas de unos ojos malditos que se
pierden entre la frontera del goce y el remordimiento. Y su mente vuela, escapa
de la prisión de su rutina, lejos, muy lejos.
Sobrevive en la trinchera de la vida, adeudando su
juventud para poder permitirse el tan solo respirar. En este mundo de locos y
enfermos, su cuerpo es la víctima del tráfico de sentimientos, de una
esclavitud silenciada. Y su silencio, lleno de gemidos ajenos, de repulsiva
lujuria y de abominable pasión, le acoge en las mañanas tristes donde el sol no
transforma en rosas el pan prostituido de la encimera.
Ahora ella recuerda, entre lágrimas de papel y la
tristeza del placer, el aroma del fracaso que le hizo perder la inocencia que
alimentaba las noches de verano, aquellas en las que mirando al cielo soñaba
con el amor de su vida.
Drizzt
Beleren
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