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viernes, 24 de febrero de 2017

Este maldito frío

Poco a poco, empezó a despertar. Trató de resistirse, cerrando fuerte los ojos y haciendo un ovillo de su cuerpo, intentando combatir el frío. Todo fue en vano. Lenta e inexorablemente, como si pudiera suspenderse en su lenta caída hacia la realidad pero un peso le arrastrase, tomaba conciencia.

En aquel estado, ajena todavía a los problemas de la rutina, del día a día, del tiempo y, en fin, de la vida misma, estaba en paz. Sentía, con una certeza implacable, que mientras no abriese los ojos no existiría. Que su cuerpo y sus banalidades, desconocidas entonces e inertes en su ausencia, se perderían en el inagotable tiempo.

Tenía ante sí una gran decisión, ¿cedería al obstinado deseo de vivir, o se atrevería a postergar la serena placidez del olvido?, ¿conseguiría, mediante un inofensivo y despreocupado suicidio de la conciencia, el irreal bienestar que nos ansiamos imponer pero sólo podemos soñar?

Tal hamletiano dilema le permitió posponer la sentencia hasta que cada parte hubo desarrollado todo su discurso en aquel quimérico proceso. Mas cuando el introvertido soliloquio llegaba a su auge, extendiendo la idea de la existencia parcial en la propia vida, con porciones de ésta latentes, pero dormidos y, a objetos prácticos, inexistentes, despertó.

Con una vigorosa convulsión y una bocanada de aire, se estrelló contra la realidad. Recuerdos, sentimientos y demás cargante bagaje saturó su hasta entonces libre cerebro. Mientras lloraba lágrimas secas, intentaba rememorar y buscaba una manera de calcinar, u olvidar, ese maldito frío que no le deja.

M E L O

lunes, 19 de diciembre de 2016

Apoptosis

Miro los aparatos que me mantienen torpemente aferrado a lo poco que me queda de vida. Tubos que proporcionan el aire, el sustento y la calma a mi cuerpo, como extrañas raíces de un extravagante árbol de piel pálida. Intento ayudar, reuniendo la fuerza necesaria para seguir consciente, pero apenas eso consigo.

Mi conciencia se diluye entre ensoñaciones en las que caras conocidas y desconocidas bailan una extraña danza a mi alrededor. Sé que están mis hijos, aceptando mejor o peor que me voy a morir dentro de poco. También mis nietos, que entienden peor todavía esta situación que empaña de oscuro su despreocupada infancia. Me gustaría decirles tantas cosas, pero el tiempo se desvanece en una vorágine que mezcla salvajemente realidad, recuerdos y sueños. Hay momentos que consigo salir a la superficie de este espeso y violento mar, para dar una señal de que todavía existo más clara que apretar la mano que sujeta la mía. Pero mis palabras salen a flote ya náufragas de toda coherencia con el mundo real, perdiéndose en una nube de funesto ruido que sólo yo llego a oír.

Palabras cargadas de arrepentimiento, pues al fin y al cabo la vida es todo lo que acabamos viviendo, y no lo que nos hubiera gustado vivir. Errores mezclados con aciertos, dependiendo de la perspectiva, y ese sabor agridulce de saber que hiciste lo que creías mejor entonces, pese a la equivocación. Me adentro aleatoriamente en recuerdos como si de sueños vívidos se tratasen. Veo nuevamente personas que creí ya olvidadas con una sorprendente nitidez, recordándome esas partes de mi vida que el tiempo enterró bajo capas de polvo.

Intento cambiar esos recuerdos paralelos a la existencia, pero al final acabo siendo obligado a tomar las mismas decisiones. Hasta los más felices recuerdos se tornan amargos cuando el tiempo me recuerda que los abandoné hace mucho ya. Maldigo el día que me dejé seducir por la idílica idea de hacer progresar la humanidad a través del conocimiento. Idea que se transformó en la vocación de mi vida, que absorbió todo lo que yo podía ofrecer y que consiguió alejar la mejor compañía que habría podido soñar. O quizá al final fui yo en mi obsesión. Décadas después, cansado, solo, y con las manos más ligeras de lo que me prometí a mí mismo, era demasiado tarde.

Sacrifiqué lo bueno que me ofrecía la vida por una ciencia que ahora intenta salvarme. Pero sé que la ciencia no hace milagros. Miro alrededor y comprendo que ya no va a aparecer. Me hubiera gustado verla, aunque fuera con una mirada triste cargada de rencor. La indiferencia es peor. Mi mirada se detiene sobre unos ojos extraños que no reconozco, vidriosos detrás de mi cama. Intento hablar pero me fallan las fuerzas. Mi tiempo se acaba, pero habrá otros que vivan un poco más y algo mejor. Quizá al final sirvió para algo. Quizá mis n

...
 

M E L O

jueves, 24 de noviembre de 2016

Trasfondo y Antecedentes

Al contrario que la mayoría de los entes que pueden llegar a poblar el cosmos, yo no germiné de golpe. Nací poco a poco, como el sosegado amanecer de una fría mañana sin sol. A veces creía tener forma y me desperezaba, pero poco después volvía a mi liviano letargo. Esos periodos de existencia se asemejaban a ensoñaciones, irreales y efímeras. Estas ilusiones llegaban a ser frecuentemente idílicas e incluso gratamente absorbentes.

Y cuando soñaba, escribía. Como cualquier bestia que no sabe vivir sin respirar. Pronto, vulgares desdichas comenzaron a ahogar mis visiones. Y cuando empecé a tener consciencia de ello, empezó a costarme. Es sorprendente el esfuerzo que necesita hacer algo a propósito que naturalmente haces sin pensar. Pero poseer consciencia también me encaminó a un mayor dominio. Lo que expresaba tenía más profundidad, y más matices. Podía dirigirlo hacia donde yo deseaba para reflejar algo que comenzaba a surgir dentro de mí. Estaba iniciando mi despertar.


El cielo que acogió mi nacimiento se volvía plomizo gris. Conforme empezaba a tantear las pequeñas realidades que componen el firmamento, éstas perdían la fascinante magia de la ideal fantasía. Como bofetadas sentía las frías gotas de realidad que salpicaron mi nonato rostro años ha. Comenzó a tronar y a tronar, y no cesó
en mucho, mucho tiempo. Pensé que no lo resistiría o que no habría fin, pero me equivoqué. Y una vez despierto, helado y empapado, comencé a darme cuenta. Ahora tenía todo sentido, un lúgubre y abismal sentido. Me di cuenta de que la explicación a todo era una reformulación de la propia incógnita. Mis sueños murieron en aquella tempestad y yo, de pie frente al gélido universo, empecé a vivir. Y a escribir de verdad.
M E L O

lunes, 7 de noviembre de 2016

Reo del Vacío

El cursor parpadea en la pantalla, al principio del más simple documento de texto. Alterna su existencia lentamente, como un pequeño e insistente aviso de que el tiempo sigue adelante. Entretanto, yo permanezco suspendido en mi abismo mental.

"Lo notas, ¿verdad?
—Parece decir el cursor—. Ese sentimiento de opresión que emerge al mirar al vacío directamente. Pesado y cruel, pero atrayente como el más dulce de los besos. Es el pasado de nuestro pasado, y también el futuro de todo. Tú estás en medio, ¿y qué vas a hacer?."

Empiezo a escribir a trompicones. Las primeras palabras siempre son las que más cuesta expresar, y menos retirar. Dilato una frase, para exponer con suficiente dignidad la idea que busco cristalizar. Secciono otra cuyo concepto apenas deseo rozar. Mudo una última a una situación más idónea a su finalidad. La estructura es importante, los matices más. Cambio palabras por semejantes más certeros. Reescribo frases que escasean o rebosan claridad. Intento darle un ritmo al escrito, y una tonalidad. Al final, he rectificado casi todo lo que he ido escribiendo, y acabo releyendo el estrago que simula ser un párrafo con el rostro marcado por la decepción.

"¿De esa manera tan hosca pretendes colmar el pozo de tu existencia?."

 
No carece de justificación. Toda tentativa es deficiente si hablamos de llenar una descomunal oquedad. Tantas y tantas personas han entregado sus fuerzas a estudiar la manera de lograrlo. Y todos los individuos que alguna vez han existido han intentado, a su modo y con mayor o menor gloria, hallar la felicidad que anula esa cavidad. Pero, ¿qué es la felicidad? Hay tantas definiciones como filósofos, celebridades o de andar por casa, han pisado el mundo material.

"Estoy hablándole a uno de esos ordinarios autores, que se empeña en escribir para poder tolerar la realidad."

Al final, escribir no es sino otra manera de existir. Unos escriben sobre cosas mundanas, verídicas o no. Otros conciben naciones, lenguajes, criaturas, universos y hasta dioses. Hay quien se afana en delinear exhaustivamente un paisaje y quien intenta expresar los sentimientos que afloran al verlo. Mientras algunos navegan ligeramente por la superficie de su creación con el pretexto de hacer el paseo ameno y despreocupado, hay otros que escogen hundirse pesadamente hasta la esencia de cada detalle presente en su peculiar odisea. Coexisten narraciones con principio y desenlace, relatos que carecen de uno de ellos, y simples trozos de existencia sin origen ni conclusión. A veces, intuimos qué nos quería revelar el escritor, otras tantas no, y hay incluso ocasiones en las que no estamos seguros de que haya algún tipo de propósito detrás de las palabras que ha querido compartir. Temas hay tantos como formas de catalogar las ideas que podemos concebir, y estos pueden ser abarcados de manera evidente, disimulada, o evitarlos, para que el lector reflexione con su ausencia.

"¿Y qué eres tú? Firmas con un pseudónimo algo que se perderá en la posterioridad"


Yo no soy nada y aspiro serlo todo. Soy lo que dicen y lo que callan mis obras. Soy una trozo de mi ego y montones de añicos del cosmos que pretendo lentamente usurpar. Soy una vía de escape a ningún sitio que no se cansa de explorar. Soy un alter ego, una idea que se resiste a concretar. Soy algo que nació de la nada y allí se quedará hasta el final. Soy una creación deliberada sin cometido que crea dispares abortos de belleza mezclados con realidad.

Yo soy Melo, y nada más.
M E L O

miércoles, 18 de mayo de 2016

Sol de Mediodía

     Día tras día de aquel eterno verano, abandonaba la aburrida y solitaria casa del pueblo para perderme por los caminos que se adentraban entre los maizales. Cada tarde parecía detenerse con el sol dominando el cielo despejado, y cada una de ellas se convertía en una oportunidad de hacer algo nuevo, por difícil que fuera. Frecuentemente, me quedaba debajo de algún árbol que me garantizase la suficiente sombra, y si además era un almendro, un nogal o incluso una higuera; conseguía retenerme hasta que el cielo dirigía amenazas de oscuridad. Otras veces, me salía del camino para adentrarme en los maizales y conseguir algunas mazorcas que no creo que nadie llegara a echar en falta.

     Recuerdo que los pocos días de ese verano en los que las nubes amenazaban tormenta me quedaba tumbado en mi cuarto o en el sofá del salón, mirando con recelo los nubarrones e intentando matar el tiempo de la mejor manera posible. Por suerte o por desgracia, según a quién le preguntes, fue un verano muy seco, y eso me permitió quedarme en la casa el menor tiempo posible. Me gustaba dar rienda suelta a mi vena exploradora, y alguna vez temí no poder encontrar el camino de vuelta a la seguridad del hogar. Sin embargo, por el mismo u otro camino, siempre acababa llegando a casa, aunque más de una vez llegué tarde a la cena y a la consecuente reprimenda.

     En estos trayectos, rara vez me encontraba con alguien, y cuando lo hacía la conversación raramente iba más allá de un saludo y poco más. Alguna vez me encontré a algún pastor que me bloqueó el paso con su rebaño de ovejas, que pasaba de manera lenta pero nerviosa, mirando de lado a lado, comiendo las escasas hierbas del camino y dejando pequeñas bolas negras en su lugar. Otras veces era gente yendo de algún lado a quién sabe dónde, ensimismada en sus propias razones para transitar en verano unos caminos así. Sólo una vez tuve una conversación agradable y no forzada, de estas que endulzan todo el rato que se llegan a alargar.

     Fue una chica de mi edad que me sorprendió medio dormido debajo de un almendro. Supongo que mi postura debía de ser cómica pues fue su risa la que me sacó de la ensoñación, la cual se acrecentó cuando mi torpe sobresalto me hizo golpear la frente con una rama del árbol que me cobijaba. Resultó ser la hija de un granjero de las cercanías, la cual gastaba sus tardes de la misma manera que yo. La conversación se fue animando y acabó enseñándome los lugares en los que le gustaba pasar la tarde y los grandes campos de su padre, y yo acabé haciendo lo mismo con los míos y la vieja casa en la que acostumbraba a descansar. Fue la tarde que más rápido pasó de todo el verano, por mucho que deseé que fuera la más larga. Acabamos comiendo almendras en mi sitio preferido, riendo de cualquier tontería que se nos pasara por la cabeza. Cuando empezó a hacerse tarde, me acompañó a mi casa, ya que estaba más cerca, y por el camino nos repartimos las almendras que no acertamos a comer entre tanta palabrería. Fue una despedida sencilla, sin planes para un mañana u otro día. Un abrazo, un hasta otra y una bonita sonrisa. Creo que los dos intuíamos que no habría una segunda vez. Semanas después yo ya estaba en la ciudad, a punto de retomar la rutina.

     Cada vez que recuerdo ese verano se me asemeja a un espejismo, un oasis en mitad de mi vida. Por ello aún guardo la última almendra que nos repartimos y el recuerdo de su sonrisa. No alcanzo a recordar si me dijo su nombre, pero si lo hizo, nada cambiaría. Fue lo que fue, un sueño de una siesta de mediodía.

Melo

miércoles, 27 de abril de 2016

El perfecto Caos

Cierro los ojos y una sonrisa dibuja mi rostro. Mientras, una ligera brisa de aire fresco agita las ramas de los árboles cercanos y me acaricia con suavidad. El ligero rumor me transporta a algún lugar entre la realidad y el sueño, donde sólo existe el bienestar. Estiro mis brazos y piernas en busca del suave tacto de la verde hierba que forma el inmenso lecho en el que yazco. El sol calienta mi piel de manera oblicua, apenas intimidado por unas pasajeras nubes que recorren lentamente el cielo, haciendo un extraño contraste entre el radiante calor de sus rayos y las frías caricias de la brisa. Desearía quedarme así para toda la eternidad.

Lentamente empieza a teñirse el cielo de naranja conforme el mundo decide darle la espalda al antiguamente venerado astro, haciendo que sus rayos de luz se dispersen gradualmente en la inmensidad de la atmósfera. Lo que antes era una agradable brisa me trae de vuelta lentamente de la ensoñación. Siento como si hubiera pasado una eternidad en ese idílico paisaje, viviendo una realidad alternativa en la que los sueños y los pensamientos se funden con el mundo tangible dando lugar a una extraña mezcolanza de experiencias. Me abrigo y empiezo a preparar un pequeño fuego antes de que anochezca. El fuego, al principio tímido, va creciendo mientras el sol se pone, haciendo cambiar lentamente el paisaje cercano en un juego de luces rojizas y sombras. Me quedo hipnotizado mirando a las insinuantes y cambiantes llamas, mientras observo cómo consumen las ramas secas de abeto. Éstas, se transforman en efluvios gaseosos iridiscentes y cenizas, sustituyendo a la ya cansada estrella como fuente de luz y energía en este momento de necesidad.

Poco a poco, empiezo a divagar sobre la humanidad y esa facultad tan nuestra que nos permite en adaptarnos a cualquier situación. Creo acariciar algún vestigio del sueño previo con forma de vagos recuerdos civilizaciones perdidas en el tiempo y el espacio, maravillosas todas ellas a su manera, y tan lejanas a la nuestra como permite la imaginación. Me pregunto a dónde nos llevará el futuro, si llegaremos a otro planeta o quién sabe si a otra realidad.

Mientras mis pensamientos se elevan en el cielo, los cuerpos celestes, en forma de constelaciones imaginarias, pelean por brillar en él. Lentamente unas desplazan a otras, girando en el cielo, mientras en mi relativa quietud sé que no es así. La infinidad está ante mí. Observador privilegiado, girando a descomunales pero imperceptibles velocidades, pegado a un pequeño trozo de materia que asegura existencia y tranquilidad. Al menos durante un periodo, suficientemente dilatado como para desarrollar una consciencia, y suficientemente breve como para que el universo continúe, inmutable, en su esplendor. Ni siquiera un rasguño en la dura roca de una inmensa montaña.

Lo que antes eran fuertes llamas ahora son sólo brasas. Me quedo fascinado con la perfecta idea de un todo, rítmico y ordenado. Girando, expandiéndose y cambiando sin parar, abocado al eterno reposo algún día muy lejano, que para mi existencia se acerca a la eternidad. El más arcaico y magnífico baile que ha habido y que habrá. Baile en el que todos somos mejores o peores partícipes, incluido el más torpe bailarín. Hasta el más aislado desorden tiene una causa y sigue una pauta y... ¿no sería un caos perfecto nada sino otra manera distinta de ordenar?

La ensoñación vence mi apenas ligera resistencia a imaginar. Me transporto otra vez a esos otros universos irreales pero quién sabe si posibles, y floto entre una y otra realidad. Así, pasan poco a poco las horas hasta que me despierta el alba con suavidad. A mi lado, las cenizas de la noche ya frías me indicándome que es hora de regresar. Me espera la lenta rutina de la vida en sociedad, tan compleja como la hemos podido construir y apuntalar. Una pequeña gran distracción que nos hace estar ocupados en algo más que sobrevivir y pensar en qué habrá más allá. Detrás de mí, el sol empieza a brillar con fuerza, renovado sin ni siquiera haberse echado a descansar.

domingo, 19 de abril de 2015

Humo en la lluvia

Abrió la puerta con la intención de salir, pero estaba diluviando. Indiferente, se acercó al primer escalón y se sentó. La cornisa acababa apenas un metro delante de él y casi podía notar las salpicaduras de agua. Buscó en su chaleco su cajetilla de tabaco y la abrió. Casi llena, tuvo que elegir aleatoriamente un cigarro de entre todos ellos. El mechero estaba en su bolsillo de atrás, un Zippo que le regalaron hace ya tiempo y que encajaba perfectamente con él.

No es que le gustara fumar en sí, en realidad le daba igual. Para él lo importante era la situación, había momentos en los que tenía que fumar. Esos instantes pedían a gritos encenderse un cigarro y quedarse mirando al infinito. Entonces sí le gustaba fumar. Esta vez no había infinito que mirar, sólo lluvia. A veces alargaba el momento de darle fuego y sentencia al pitillo. Jugaba con el Zippo abriéndolo y cerrándolo, disfrutando del particular sonido que tanto le gustaba. Otras veces se pasaba el cigarrillo entre los dedos con mucha habilidad, algo que había aprendido hace tiempo a base de doblar y romper muchos otros. Esa imagen era él.

Las gotas caían rítmicamente alrededor, aumentando la sensación de tranquilidad. El rumor continuo del agua impactando le recordaba otros tiempos. Trozos aquí y allá de su vida, que coincidieron con una bonita tormenta. Le gustaba la lluvia. Era como un descanso obligado en su vida. Cuando llovía, le gustaba gastar su tiempo mirando las grises y vacías calles a través de la variable cortina de agua. A veces una imagen no importa, pero otras veces puede cambiar perfectamente nuestra perspectiva. Un estilo puede crear una impresión y una escena puede definir toda una vida. Un cuadro puede hacer brotar miles de sensaciones y sentimientos si se pinta bien. En el lienzo de su vida estaría lloviendo.

Observó su cigarro agonizando. Esta vez no le había dado tiempo a observar como el humo desaparecía en el aire. Estaba ocupado con la lluvia. Se percató de cómo sus pensamientos derivaban de lo que le mostraba la vida. Y entonces se dio cuenta de por qué le gustaba fumar, y de por qué le gustaba la lluvia.

Decidió acabar con su tortura y tiró la colilla hacia delante. Cayó en un charco que la fue empapando hasta hundirse. Esta vez no hacía falta ser cruel con ella y hacerla retorcer con el pie contra el suelo. Hoy se sentía menos despiadado, ya había tenido suficiente. Ahora ya sólo lloviznaba, casi imperceptiblemente.

Pensó que ya no tenía excusa para quedarse más tiempo ahí, por más que quisiera. Seguramente no vería ese paisaje nunca más, así que decidió darle un último vistazo antes de marchar. Las calles seguían grises y mojadas, como si esperaran decirle al sol que había llovido.

Se alejó lentamente y sin prisa, mezclando el sonido del chapoteo de sus pasos con el de su tos.



M E L O

domingo, 12 de abril de 2015

El largo camino de la aceptación

Mírame. Con la cara mojada por algo más que la lluvia. A mí. Que en los malos momentos conseguí secar tus lágrimas con fría calma. Que aguanté en pie por los dos cuando te fallaban las fuerzas. Mírame en qué me he convertido. Mírame con pena y compasión cómo me arrastro. Mírame a los ojos si tienes algo de valor.

Vergüenza. Vergüenza de mí mismo y mi orgullo por los suelos, pisoteado. Intento andar en el barro y trastabillo cada vez que se me incrusta el clavo de tu recuerdo. Y me ahogo en el fango, más aún. Quizá si me hundo hasta el fondo esté mejor. Solo quizá. Quizá sumergiendo mi cuerpo hasta el fondo llegue a encontrar lo nuestro que acabó muerto.

Me repetiste tantas veces que era único que me lo creí. Creo que no son celos, nunca lo fueron. Es el abatimiento por la evidencia de no serlo. El dolor de ver destruido nuestro mundo juntos, ése que me pediste construir hace tiempo. Ése que cuidábamos con mimos y sonrisas y ahora es triste y gris ruina. Aquel cuyos cimientos las dudas empezaron a resquebrajar. Aquel que decidiste que se podía dejar caer al suelo. ¿A quién le toca recoger los trozos?

Suelto mis penas con ira, destrozando hasta mi propio aliento. No quiero tenerte cerca, no te vaya a hacer daño. Tampoco quiero que me recuerdes como el loco que ahora me sale ser. Me levantaré o aprenderé a arrastrarme mejor. Quizá la penitencia me pueda calmar. Quizá así me olvide de mis errores y del tormento de haberlo podido evitar.

Yo sólo quería seguir siendo feliz contigo. Y tú me prometías que también, mientras te asegurabas poco a poco de que nunca más. Pesan y duelen tus palabras, más que nada, porque se rompieron sin maldad, como si fueran de fino fieltro. Más duele y pesa, y más adentro, el tenerte tan lejos. Sin arreglo.

Yo... no sé.

viernes, 3 de abril de 2015

7 pecados - Parte III: Remordimiento

Todavía pienso en ti de vez en cuando. En tus lascivos pechos, en tus intensos ojos y en tu bonita sonrisa. No debería, y me castigo como el bendito señor me dice que lo haga. La penitencia es dura, pero tengo que volver a la rectitud que me salvó hace tiempo. Eres un pecado que me cuesta purgar. Un pecado que me hace dudar y querer dejarlo. Pero no puede haber duda en la mano que obra con divina justicia.

Siempre supe que había algo realmente mal dentro de mí. Algo que no debería estar ahí, que ensuciaba mi ser desde lo más profundo. Algo que no tenía que alimentar y que olía a podrido. Durante tiempo traté de ahogarlo como te ahogué a ti. Pero sin sentir placer. Continuamente busqué refugio y ayuda, pero nada servía. La borracha y puta de mi madre nunca fue un gran apoyo, ni siquiera cuando estaba en casa sobria. Lo único que hacía entonces era quejarse y maldecir por no poder irse a por droga al callejón más cercano. Intenté ser lo más recto posible entonces, y acabé intentando nadar en un lodo de inmundicia. Siempre que me acercaba a la orilla me acababa hundiendo en el fango. Hasta que supe de Él.

Como azar del destino, o quizá fue su siempre inapelable voluntad, llegué a escuchar como me salvó de la muerte. Y no sólo eso, también que esos segundos sin aire en mis pulmones pudieron afectarme a la cabeza. Y sin embargo ahí estaba, el hijo perfecto de la más imperfecta madre, así era por fuera. Dijeron que fue un MILAGRO. Desde entonces, me dediqué a Él, y aunque le siga sirviendo toda la vida, nunca podré agradecer todo lo que hizo por mí. Poco a poco todo empezó a tener sentido. Y fue entonces cuando empecé a oírle, hace cinco años. Me pidió que fuese el que cuidase su jardín de las malas hierbas. Me pidió que arrancase los brotes marchitos y las flores podridas para crear nuevos capullos y brotes. Me pidió que le cuidara las petunias.

Me dediqué a cortar los tallos pecadores que Él me señalaba. La primera fue mi madre, como acto de fe. No fue difícil. Sólo tuve que pincharle un par de veces de más mientras dormía, ya bastante drogada. Se dejó ir con facilidad. Fue hasta bonito. Me gustó. Salvé a mi madre de su propia vida. Empecé, al principio poco a poco y luego ya de manera vertiginosa, a caer en una cascada de purgas en las que yo era a la vez juez y verdugo, guiado siempre por su inmensa sabiduría. Disfrutaba cada ritual como un acercamiento a mi salvador. Enfoqué la parte turbia de mi ser en hacer el trabajo sucio que un Dios no debe hacer, pues le mancharía. Y Él es blanco y puro. Muchas veces me pregunté por qué me hizo así, con hambre por dentro. Los caminos del señor son inescrutables, y yo nací para ser su mano dura.

Hasta que te conocí. Un alma errante y perdida que buscaba su camino. Sentí lástima, e intenté mostrarte el mío. Intenté que fueras como yo y que caminaras conmigo. Quise que cuidáramos el jardín juntos. Me salí de la sagrada calzada por estar contigo. Desafié su furiosa voz que me decía que estaba mal y que lo pagaría. El precio ha sido muy alto. Cometí más de mil pecados contigo.

Descargué mi parte oscura en el resto del mundo, pero no era suficiente. Cada vez necesitaba más para saciarme y empecé a oírle cada vez menos. Por primera vez, empecé a descarriar y a desatar esa parte de mí que antes había estado reprimida o guiada. No quise culparte y compartí mi secreto contigo. Pero tú no lo entendiste. Te llevé al precioso jardín que había preparado para nuestro señor y tú le pisaste las petunias. Sus bonitas petunias.

Tuve que hacerlo. Por mi señor y para hacerte pura y libre. Y nunca disfruté tanto de aquello. Él me volvió a guiar y desde entonces está mucho más vivo en mí. De vez en cuando siento culpa, y me fustigo. La sangre es el único camino. Ahora que los demonios son fuertes y me atormentan, noto que él está conmigo.

M E L O

domingo, 29 de marzo de 2015

(In)cómodo

(...) La verdad es que todo me va bien, muy bien. Podría comentar muchas cosas, empezando por mi reciente ascenso. Ahora podré darme a mí y a los míos una vida mejor. (...) Creo que compraré esa casa que vi el lunes. Allí tendremos espacio para los 3. (¿De verdad es lo que quiero?)

(¿Qué hago aquí?) Ahora veo una película de animación junto a mi hija. Nos reímos mucho, y muchas veces ella se ríe de cosas que todavía no entiende. (¿Qué estoy haciendo aquí?) Mi mujer está con amigos mientras me quedo con ella. (...) Ahora tenemos que turnarnos para salir con amigos, pero lo llevamos bien. (Quiero escapar)

(¿Qué es lo que quiero?) En el trabajo todo el mundo me felicita, hay buen rollo. (...) Es un trabajo sencillo, un trabajo de oficina. (Esto no...) Un compañero se jubila después de 30 años y yo ocupo su lugar. (¿Hasta cuándo?)

(El tiempo pasa) Cenando con mi familia hablamos alegremente. (Tic, tac) Cuento un chiste que me ha contado un compañero en el trabajo, las dos se ríen. (...) Les digo que tengo que ir al baño y me alejo. (No puedo más) En el baño me quedo mirando el suelo durante un cuarto de hora. (¿Estoy bien?) Mi esposa me pregunta a través de la puerta y le respondo que todo va muy bien.

M E L O

jueves, 26 de marzo de 2015

Buenos momentos

"Así que... así que crees que puedes distinguir el paraíso del infierno, cielos azules del dolor. ¿Puedes distinguir un verde campo de un frío raíl de acero?, ¿una sonrisa de un cumplido?, ¿crees que lo puedes distinguir?

¿Consiguieron cambiar tus héroes por fantasmas?, ¿ardientes cenizas por árboles?, ¿aire caliente por una fresca brisa?, ¿fría comodidad por cambio?, ¿Intercambiaste un rol secundario en la guerra por un papel principal en una jaula?

Cómo desearía, cómo desearía que estuvieras aquí. Sólo somos dos almas perdidas nadando en una pecera, año tras año. Corriendo sobre el mismo viejo suelo. ¿Y qué hemos encontrado? Los mismos viejos miedos. Ojala estuvieras aquí."




Dicen que los buenos momentos no los reconocemos cuando pasan. Que es después, al recordar, cuando los valoramos. Dicen.

Ojalá estuvieras aquí. Ojalá todo hubiera sido diferente. Ojalá no te hubieras apartado de nosotros al final, ojalá. Quizá hubieran sido buenos momentos. O quizá sólo un poco mejores. Me conformaría con eso.

Yo sigo igual. Todo va cambiando para acabar siendo lo mismo. Pero sin ti. Alegrías y penas, que se suceden mientras el tiempo las diluye para que pasen mejor. La compañía también ayuda. Amigos, familia y demás. Tú también ayudabas. Ojalá estuvieras aquí.

A veces me pregunto si tendré razón. Si estarás vagando en la inmensa nada. O si por alguna anomalía fantástica estás en algún lugar mejor. Ojalá. Pero estarías mejor aquí. Andando con nosotros. Riendo. Como en los buenos momentos.

Si no hubieses seguido ese maldito camino, ¿como sería? Quizá fuera todo igual. Quizá hiciéramos lo mismo de siempre. Tú no elegiste esa travesía, aunque eligieras cómo atravesarla. Ojalá hubiera llevado a otro lugar. Cerca de nosotros, ojalá.


M E L O

domingo, 22 de marzo de 2015

Artificio

Muchos se jactarán de las palabras que escribo aquí. Y no les faltarán motivos, pues la lógica y la razón estarán de su parte. No les culpo de su actitud escéptica, pues mi reacción hubiera sido la misma si alguien me hubiese intentado explicar todo esto desde un principio. Aún así, una parte de todos nosotros sospecha y teme que haya cosas sin descubrir, cosas que no llegaríamos a comprender. En el fondo, todos tenemos miedo a la oscuridad.

Si buscas en tus recuerdos encontrarás momentos en los que has mirado de frente a la oscuridad, y te han provocado temor. En la penumbra de tu habitación, la esquina más oscura te hace desviar la mirada. Por mucho que enfoques la mirada, es como si hubiese algo que no quisieras ver. Eso que de pequeños nos hace refugiarnos detrás de las sábanas y mantas. Preferimos no ver.

Esto siempre se ha explicado, y hasta ahora yo también lo creía así, como el miedo a la incertidumbre, a no ver. Saber que no hay nada pero no poder demostrarlo. Sin embargo, una puerta cerrada en pleno día no nos da miedo, al igual que debajo de la manta con los ojos cerrados nos sentíamos más seguros. Tengo la certeza de que la explicación es otra.

Al igual que el barullo no nos deja escuchar un susurro, la luz no nos deja ver. La oscuridad a la que estamos acostumbrados sólo alcanza a sugerir algo que no llegamos a descifrar, y aún así, ya nos hace temer. Sólo en el silencio más sepulcral escuchamos los susurros, y sólo en la oscuridad total los podemos ver.

Fue así como vi los ojos. No compete comentar aquí las circunstancias que me llevaron a tal situación, pero sólo diré que en mis experimentos necesitaba una ausencia total de luz. Siempre he sido una persona valiente y orgullosa, y los primeros días aguanté el temor como pude, apelando a mi soberbia. Desde entonces hasta ahora he temido las noches y el insomnio me ha dejado en un estado deplorable, que muchos de mis cercanos no han  ido dudando en comentar.

Después de atreverme a intentar tapar esas pequeñas fuentes de luz casi inapreciaple que se escondían en el cuarto oscuro tuve que desistir, pues desaparecían imperceptiblemente y aparecían, exiguas, en cualquier recoveco de la habitación. Quise desdeñar estos "ojos" que tanto me inquietaban, pero pronto me sorprendí nervioso y agitado, al borde de un ataque de ansiedad.

Días después, ya me encontraba en este estado nervioso que me ha consumido hasta ahora. Empecé a intuirlos en cada pedazo de oscuridad. Estuviera donde estuviera, me miraban desde la oscuridad. A veces me giraba y los veía mirándome fijos y silenciosos, acechándome escondidos, y empezaba a ahogarme entre jadeos.

Empecé a obsesionarme con ellos. Tenía todas las luces de mi casa encendidas a todas horas y dejé de dormir. Buscaba información sobre los ojos en los sitios más extraños, todos de dudosa credibilidad. De lo poco que pude que sacar en claro es que de alguna manera estaba relacionado con la muerte, y que aquellos que lo han visto no han tardado en enloquecer y morir. Caí en una espiral de histeria y obsesión, que me dejó demacrado, física y mentalmente.

Hasta que lo acepté. Hoy sé que voy a morir, los truenos lo anuncian con fuerza. Moriré sentado a la escasa luz de una vela en mi escritorio, escribiendo a mano debido a la falta de electricidad. Es mi último día con vida y quería dejar constancia de estas paranoias que se esconden en la realidad. Creeréis que estoy loco y yo a veces también lo creo, pero no en estos momentos. El espejo que reposa enfrente de mí me muestra, justo detrás mío y un poco por encima de mi hombro, unos ojos que me miran fijamente y una sonrisa de burla que me susurra al oído "vas a morir".

M E L O

domingo, 15 de marzo de 2015

Ane

25 de Enero de 1983

Juan y Amaia se dirigen al Hospital Universitario Donostia. Juan conduce con una mezcla de prisa, miedo y nervios, pero la circulación es tranquila. Amaia, mientras, va aguantando el dolor como puede, intentando relajarlo con la respiración.

El parto ocurre con normalidad y los primerizos padres conocen por primera vez a su hija. Habían decidido llamarla Ane si salía chica, pero ambos preferían un chico.

Tras el madrugón y el parto, ambos están muy cansados. Amaia se relaja con la chica mientras Juan aprovecha para leer el periódico. Ane se duerme mientras Juan lee cómo el papa Juan Pablo II firma la reforma del Derecho Canónico. Sin embargo, su cabeza está más pendiente de todo aquello que tienen que afrontar a partir de ahora.

4 de Abril de 1999

Mientras el mundo se preocupa por los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia, Ane tiene otras cosas en la cabeza. Mikel le ha dicho que quería hablar con ella y se teme lo peor. Para ambos es su primera relación y todavía están aprendiendo y experimentando. Llevan ya casi un año saliendo y ella está muy enamorada.

Cuando entra en casa se encuentra a Jaime, su hermano, en su cuarto. Ella pierde los nervios y le dice de malas maneras que no entre en su cuarto sin permiso. Jaime se marcha cabizbajo.

Más tarde Amaia se dirige al cuarto de su hija. Le dice que no trate así a su hermano, que sólo quería coger un juego de la PlayStation. Ane se echa a llorar y le cuenta que Mikel le ha dejado. Amaia le abraza fuertemente.

23 de Noviembre de 2014

Ane entra en casa y se queda mirando su antiguo cuarto. En el salón, esperan sus padres y Jaime, que le esperan para contarle la noticia. Cuando entra, Jaime está comentado airadamente el borrador de la ley de Estado Judío. "Si yo viviera ahí, también intentaría que no se me acercaran demasiado los moros".

Cuando sale de ahí, Jaime ya no piensa en el conflicto palestino. Después de 32 años casados, Juan y Amaia se divorcian.
Decide que, si su padre al final se va a Zaragoza por trabajo, él se irá con él.

3 de Julio de 2035

Cuando llega con todos no puede evitar derrumbarse un poco. Intenta mantenerse firme y empieza a saludar a sus familiares, empieza con sus primos, sigue con su madrastra y su padre y acaba en un abrazo con su madre. Sus dos hijos están visiblemente afectados.

Observan como el féretro se introduce en el pequeño hueco dispuesto para alojarlo hasta el fin de los tiempos en el cementerio de Torrero. Dentro descansa Jaime. El día pasa lentamente.

Cuando va hacia su coche, una lata de cerveza vuelve a zambullirla en los pensamientos sobre su hermano. Le pide a Gorka que conduzca por ella. También le pide que tenga mucho cuidado.

2 de Octubre de 2052

El cumpleaños de la pequeña Tere transcurre con normalidad. La niña está muy contenta porque es la única de su clase que tiene abuela y bisabuela, y las dos son generosas con ella. Amaia, un poco sorda, le dice con dificultad a Ane que está muy orgullosa de que sea su hija. Le dice que no es porque sea médica, sino porque es la mejor persona que ha podido conocer en su vida. Mientras la sombra de la culpabilidad le atormenta en cada mal recuerdo, ella es una luz brillante.

Días después, Ane muere. 

M E L O

domingo, 8 de marzo de 2015

Entre el Sol y la Luna

Un día más, el Sol le ilumina la cara. La creciente luz molesta, pero le da algo del calor que le devuelve a la realidad. Los ojos piden insistentemente, a modo de picor y escozor, un descanso lejos de ella. Un pequeño tiempo muerto en un mundo en el que se nos escapa la vida.

Pronto se vuelve a hundir en los hondos pensamientos que han provocado que le sorprendiera así el amanecer. Los detalles se diluyen conforme avanza la cordura a ritmo de luz diurna. Ha cambiado la perspectiva. Pero sabe que al fin y al cabo volverá a cambiar al final del día, cuando el calor dorado del rey Sol dé paso al frío plateado de la princesa Luna. El pasado también es futuro, y el presente una minucia. Los recuerdos se convierten en fatídicas profecías que tomarán forma conforme los sueños invadan sus vigilias. Sueños vívidos que muestran aquello que todavía duerme dentro, aquellos miedos, deseos y dudas que enterramos con tiento bajo nuestra certeza. Cuando nuestro mundo se rompe, esas profecías soñadas surgen de los escombros como sombras grotescas de monstruos deformes. Y entonces lo entendemos. Esa luz fría que nos regala la Luna es el recuerdo de aquella que nos mantuvo calientes ayer, y el auspicio de que el Sol vendrá a nosotros por la mañana y estará alto al mediodía.

¿Qué será de él mañana?, ¿se hará verdad su temida profecía? Pasarán las horas y los días, se alternarán Sol y Luna. No hay duro metal que sobreviva al óxido ni un cálido abrazo que se escape de una despedida. Vendrán, se harán grandes y se irán, las circunstancias de la vida, mientras él desea que hubiera parado el tiempo en cada amanecer en su compañía. Puede que mañana haya otras, como otrora hubo unas. Pero no quiere a unas, al igual que ya no busca otras. Quiere guardar ese momento y apretarlo contra su alma, para ver si así el tiempo no se lo quita.

El rey Sol acaricia su suave piel como antes hizo la princesa Luna. Él la tapa con la manta. Si puede evitar que la luz le llegue, quizá pueda luchar contra los malos augurios de su profecía.

M E L O

domingo, 1 de marzo de 2015

Odio

"Te odio. Esta ha sido la gota que ha llenado el cuenco de mi paciencia. He aguantado continuamente tus ataques y tus burlas sin decirte nada, pensando que te darías cuenta y pararías. No puede seguir así. Quizá he sido demasiado permisivo, no queriendo llamar la atención con una riña, pero ése no es mi estilo. No va a quedar así. A partir de ahora te lo devolveré a mí manera, sin hacer ruido".
"Día tras día te preguntarás que hace que todo vaya mal en tu vida, y no encontrarás la respuesta. Mientras, yo disfrutaré. Dejaré tu reputación por los suelos, haré que la gente se aleje de ti, me aseguraré de que tengas "mala suerte" en todas las facetas en las que quieras desarrollarte en tu vida. Te encontrarás ruedas pinchadas, cristales rotos, pintadas y rumores sobre tu persona cada vez que todo parezca ir algo mejor".
"Y lo peor de todo es que yo estaré allí para "ayudarte". Para darte un apoyo cuando haya hecho temblar los cimientos de tu vida. Me pondrá en una posición privilegiada desde la que me será más sencillo actuar. Te daré los peores consejos disfrazados de grandes soluciones, mientras me aseguro de que te hacen hundirte en la misera. No vas a levantar cabeza, te lo aseguro".
Ese momento parecía durar siglos, mientras aguantaba sus risas y la de sus amigos mirándole a los ojos y hacía de su rencor un plan. En su interior, cada risotada dolía muy hondo en su orgullo, alimentando su odio. Cuando las risas pararon creía que iba a explotar. Entonces fue cuando sin dejar de sonreír le dijo: "Oye, creo que a veces me paso un poco contigo, lo siento, pero ¡tendrías que verte la cara! Es muy graciosa. Me caes bien, no todos me aguantan tan bien como tú". Mientras se marchaba, las dudas brotaron en sus planes, dejando la burla impune y todo igual que ayer.

domingo, 22 de febrero de 2015

Arte, artista y caos

Se despierta en la oscuridad del estudio y busca a tientas el interruptor que le saque de las tinieblas. Sus manos van tocando objetos que podrían contar historias, unos papeles de contenido inexpugnable arrugados por el orgullo, una funda de condón destrozada por el ansia, un lapiz quemado por el hastío... hasta que hacen tambalear y caer una pequeña botella de vidrio anaranjado que quizá había sobrevivido más de lo que cualquiera esperaría. Restos de cerveza, colillas y cristales se mezclan con la caótica suciedad del suelo. Acciona el interruptor varias veces sin éxito, hasta que el toque ligeramente aromático del olor del aire le saca de su espeso despertar y le recuerda que había tenido que usar una de esas velas baratas con olor a frutas del bosque para poder ver algo la noche anterior. Nunca había tenido bombillas de repuesto, y la que había en la pequeña lámpara había sido la última dejar de brillar.
Las manos le tiemblan y son las 5 de la mañana. No sabe qué le ha despertado pero tampoco le importa mucho. Cuando vives en una vorágine constante lo que menos te importa es la hora que es. Busca en varios pantalones vaqueros que descansan en posicion grotesca en el suelo su mechero, antes de darse cuenta que todavía lleva puesto el de ayer (y anteayer). El último inquilino de su bolsillo de atrás es un mechero simple sin dibujo. No sabe dónde lo consiguió ni dónde perdió el anterior, cuyo dibujo medio psicodélico se podía pasar mirando horas. No importa.
Abre el cajón de su mesilla de "cosas que puede que alguna vez necesite" y consigue encontrar otra vela entre cachivaches diversos. No sabe quién se las daría, pero piensa que ojalá le regalara unas cuantas más. El mechero se enciende a la segunda y consigue encender la vela. Ella la coloca al lado de su compañera, que ya derretida parece dedicar una mueca de burla a la nueva. "Esto te pasará a ti" parece decirle, pero no se inmuta.
La luz tenue parece darle un aire todavía más siniestro a la habitación. La luz y la sombra parecen bailar lentamente conforme la llama duda de su existencia. Mientras, ella se lia un cigarro conforme al ritual ya tantas veces ejecutado. Es un rezo al Caos como Dios de su vida. Cada parte de su vida parece honrarle de manera peculiar. Hasta con el Arte. El Arte es Caos por encima de todo.
Intenta encender la obra de sus manos (irrepetible, como todas), pero el mechero ha decidido dejar de funcionar. Se le ocurre que quizá no sería mala idea usar más velas mientras enciende el cigarro con ella, haciendo temblar a toda la parte iluminada de la habitación. Una calada y el humo se pierde en el aire y su oscuridad. Relajado, comienza a dejarse llevar por su mundo interior. Mientras, sus manos se entretienen con la vela y el lapiz. Le gusta la mezcla de olores que dejan las 3 cosas al quemar. Cuando acaba, deja la colilla tirada en la cera, a falta de su cenicero peculiar. Se levanta con la desmejorada vela en la mano y con cuidado de no pisar nada que le pueda doler (o se pueda romper) se acerca a su escritorio. Allí descansa una hoja a medio dibujar y escribir. La arruga y la tira hacia atrás. Al caer, el papel se empapa con los restos de cerveza. Ella, agarra el lápiz por donde no quema, y empieza a dibujar.

M E L O

domingo, 21 de diciembre de 2014

A cara o cruz

Miro el reloj y descubro que el tiempo ha pasado, qué novedad. Cojo mis cosas, que no son muchas, y me dirijo a donde he quedado con el grupo para llevar el material del concierto. Ya me estarán esperando, pero no será la primera vez que vamos con prisas a un concierto. Vale, sí, las otras veces también fueron por mi culpa, pero no creo que se vayan sin el cantante, sería un concierto muy raro, ¿no?
Después de llegar y atender con indiferencia las reprimendas de mis compañeros nos dirigimos hacia allá. A mí me toca ir fuera de la furgo, así que cojo el coche. Mucho mejor, la verdad, así no tengo que aguantar a nadie mientras conduzco. Mirando por la ventanilla de mi coche veo como empieza a llover muy fuerte de repente, así se lavarán bien las calles, supongo. Todo tiene su lado menos malo, sólo hay que tratar de encontrar el punto de vista. Yo aún estoy entrenándome y todavía no soy muy bueno. A ver si así consigo que me dejen de tratar como un majara por estar de mal humor.
Cuando llego les llamo a ver por dónde andan. Han parado por la fuerte lluvia y no saben qué hacer. Oigo de fondo a Rufio intentando calmar las cosas. Él sí que sabe darle la vuelta a las cosas, debería aprender un poco de él, pero él debería aprender mucho de mí, es un muermo. Me acerco al local y me pido una rubia. Últimamente me gusta demasiado el sabor de la cerveza, pero me ayuda con mi enfermedad. ¿Qué enfermedad? pues el amor, joder. La maldita peor enfermedad del mundo, se propaga como ninguna y no tiene cura. Pero se puede usar para pasar un buen rato sin pensar en el mañana. Después de un rato me llama Rufio para decirme que ya están de camino, que ha parado de llover. Cuando no pueden ir peor las cosas, siempre toca mejorar. Apuro los últimos tragos mientras llegan y me empiezo a preparar, vaya pintas llevaba con las prisas y el agua.
Empezamos el concierto tarde y muy apurados, pero ¿qué más da? Con la rubia dentro me fijo en una morena de primera fila y le dedico un par de miradas. El concierto dura un poco más de lo normal pero no me canso. El escenario es mi sitio, la tarima debe de temblar conmigo encima. La morena de la primera fila se vuelve loca con cada canción. Creo que hoy ella será mi fruta prohibida, no creo que me salga mal la jugada. Una vez acabamos le digo que se venga con nosotros, y nos acaba acompañando por el mal camino a cada bar, hasta el último.
Paso un poco de ella y me lo paso bien, ya llegará el momento. Nos quedamos hasta el cierre y salimos dando tumbos. Bastante perjudicados nos damos cuenta de que vuelve a llover, menudo fin de semana de tormentas. Le digo a la chica que me acompañe al coche y que así no se moja. Parece dudar, pero me acaba diciendo que sí. Ya en el coche consigo morder la fruta prohibida, que sabe a uva. Me dejo llevar por el instinto pero ella me frena y me pregunta si la voy a llevar a casa. Le digo que podemos echarlo a suertes, o hacerlo ahí sin más. Cuando vives en el caos todo es válido, y terminamos por follar en el asiento de atrás.
Después del polvo me empiezo a vestir y le digo que se marche, que quiero estar solo. Ella se lo toma a broma y no se quiere ir. Siempre me pasa lo mismo, ya no sé como quedarme a solas, ni siendo borde. Me excuso con que me voy a echar a dormir un rato en el coche y que ya no llueve, que lo mejor sería que se cogiese un taxi. Se va, molesta, y al rato enciendo el motor.
Cuando llego a casa el cielo ya parece más azul y las calles tienen algo de luz. El cielo está aclarado y parece que se ha acabado el mal tiempo, aunque nada es eterno. No sé si también hará bueno mañana, sólo sé que será lunes otra vez. Y que tengo cita con el psiquiatra, como cada semana, y a ésta pretendo ir. No duran para siempre las penas ni las alegrías en el cielo, y por lo visto en el infierno tampoco. Antes de dormirme pienso que quizá algún día podría escribir una canción que valiese la pena con esto. Se lo comentaré mañana a los del grupo a ver qué tal.

                                                                MELO

lunes, 15 de diciembre de 2014

Locura - Prólogo: "En la ciudad de Anæ"

En la ciudad de Anæ, capilal de Nәnor, apenas brilla el sol. Oscura y soberbia, reina la vasta meseta central de la rocosa cordillera de Kerna. Escondida entre la niebla para la eternidad, es un rompecabezas para los viajeros, que no la pueden ver hasta que no se encuentran a una distancia ridícula de sus altos y agresivos muros. Quien la visita por primera vez palidece de la impresión, y muchos de estos visitantes imprudentes dan media vuelta, sobrecogidos, antes de confirmar lo que su desafiante exterior sugiere.

En la ciudad de Anæ, grandes edificios dominan el cielo. Intentan escapar de la niebla en busca de aire limpio, pero se pierden en el intento de ver el horizonte. Sus formas, variadas y anormales, apenas pueden imaginarse desde las calles, alimentando las peores ilusiones. Locos de todo tipo han avivado rumores acerca de maldiciones, rituales, presencias, seres extraños y etéreos y todo tipo de extrañezas dentro de cada extravagante muro. Gracias a ello su nombre causa inquietud en gran parte del Territorio Civilizado, e incluso en la parte externa del inhóspito Territorio Salvaje. En cambio, a los habitantes de Anæ no les sorprendería que la mitad de los rumores fueran ciertos, y tantos otros que se niegan a decir en voz alta.

En la ciudad de Anæ, seres de todo tipo buscan cobijo entre la incertidumbre de sus calles. La noche es casi constante, sólo intercalada por periodos de niebla más clara que duran lo que tarda el sol en recorrer la distancia entre las montañas que la encierran en la lejanía. Bajo la protección de esta oscuridad, los mercados negros prosperan en cada callejuela de la irregular ciudad. Las avenidas amplias apenas son frecuentadas, y son sin duda las más peligrosas. Una multitud de formas extrañas deambula por sus estrechas calles de manera constante. Seres grotescos bicéfalos, anfibios, reptiles, alados, escamados, gelatinosos, titánicos o enanos discuten en raras lenguas y regatean con total normalidad sobre las más horribles mercancías, vivas o muertas, que llevan a sus extraños hogares con diversas intenciones.

En la ciudad de Anæ, las desapariciones, los robos y los asesinatos son el pan de cada día. Las peleas son frecuentes, incluso normales, y no sólo en los abundantes tugurios de mala muerte que proliferan en los callejones. Éstas, al menos, suelen acabar rápido, generalmente para mal. Nadie hace preguntas. Diferentes gremios de diferentes razas abarcan diferentes negocios turbios de la ciudad, que nadie se atreve a poner en duda, ¿quién pondría en riesgo el tenso equilibrio que mantiene las cosas en una extraña paz? Yo no, sin duda.

En la ciudad de Anæ, donde entran muchas más personas de las que salen, no hay orden ni legalidad. Capital de un reino olvidado y en decadencia, la podredumbre se ha acumulado en sus órganos que, vacíos de todo poder real, sólo sirven para aparentar y enriquecer a base de sobornos a unos y a otros, los que mueven los hilos en realidad.

En la ciudad de Anæ, donde ocurren todas estas cosas, desperté. Y deseé no haberlo hecho jamás.

MELO

domingo, 14 de diciembre de 2014

A medias.

Miro mis manos, como si ellas tuvieran toda la culpa. Ahí están, vacías, sin ofrecerme nada. Malditas manos inútiles, ¿por qué no pueden escribir solas?. Detrás de ellas, una hoja de papel me desafía. "¿Vas a dejarme así?" parece decir, y yo... no tengo respuesta. Pintarrajeo pensativo la hoja. Escribo un par de cosas y las tacho, y empiezo otra vez. Cada intento se torna insípido y anodino. Nada tiene calidad y lo sé. Hace ya tiempo que no escribo nada bueno y ya no sé cómo intentarlo. Levanto la hoja y observo el resultado de mis intentos, la hoja garabateada y tachada. Le pregunto si así está mejor, pero ahora está silenciosa, como mis ideas. La inspiración se me acabó cuando superé aquella depresión. Y no es una queja.

Suena mi teléfono. Me levanto y lo cojo. Minutos más tarde estoy riendo en buena compañía. La vida me ha dado un giro brutal y me ha cambiado la perspectiva. Todo parece diferente y las metáforas para describirlo también han mutado. No soy escritor para estos momentos, me fallan las palabras. Soy diestro en lo duro y frío que arranca el alma. Quizá algún día sepa adaptarme, pero de momento no encuentro musa que me saque lo de dentro a través de mi vieja pluma. No puedo escribir sobre la calma. Quizá haya llegado el momento de dejar de escribir, quizá deba dejar este relato a medias.

MELO

domingo, 7 de diciembre de 2014

En la roca

Todo empezó con aquel amigo, que me comentó que iba de vez en cuando a explorar cuevas. Siempre me habían gustado la exploración y las aventuras, por lo que me pareció interesante y le pedí que me llevara algún día. A él le pareció bien compartir su afición y dijo que me avisaría en una semana o dos.
El día llegó y apenas pude esconder mis ganas. Me llevó a hacer una ruta conocida y me facilitó todo el material que era necesario, explicándome todo lo básico. No pudo ir mejor. Nos metíamos por agujeros oscuros por los que pasábamos a duras penas alumbrados únicamente por un par de linternas. Dijo que parecía estar hecho para esto y nos atrevimos a explorar un poco en la gruta. Pasamos por sitios de seguridad bastante dudable y cuando ya creímos que empezábamos a alejarnos demasiado nos dimos media vuelta y subimos por el camino principal. Cuando conseguimos salir, algo cansados, yo ya sabía que no tardaría mucho en querer hacer esto por mi cuenta.
Un par de semanas después ya me dirigía a una cueva cercana. Buscando información encontré una que no distaba mucho de mi ciudad. Me dijeron que estaba algo olvidada y que no solía ir mucha gente, además de que no era peligrosa si no te adentrabas demasiado. Me pareció una buena oportunidad para ponerme a prueba.
Me costó encontrar la cueva, el agujero de entrada se encontraba bien escondido en la ladera de una pequeña pero larga meseta de roca caliza. Tuve que apartar unas pocas rocas que la ocultaban para poder entrar. Tenía pinta de no haber sido frecuentada en un largo tiempo, lo cual no sabía cómo tomármelo. En cuanto entré, la emoción se apoderó de mí. Ahí, bajo la insuficiente luz de una linterna frontal, tenía que estar alerta. Empecé a avanzar, primero agachado y luego ya arrastrándome por la piedra. No vi restos de latas y botellas que vi en las entrada de la otra cueva y lo agradecí. Conforme avanzaba vi como pequeños conductos me dirigían a amplias aberturas y éstas a otros estrechos conductos, escondidos entre la densa oscuridad que parecía tragarse la luz de mi linterna. Esa inmensa negrura me dejaba sin aliento.
Avancé, movido por una frenética pasión, a través de galerías y galerías de diferente tamaño. Me sorprendí, después de lo que me pareció una eternidad, mirando atrás, con la terrible sensación de que quizá había avanzado demasiado sin pensar. Me giré, con la mala suerte de resbalarme con la piedra húmeda. Caí sin remedio y acabé golpeando mi cabeza contra el duro suelo.
Me desperté con un profundo dolor de cabeza y completamente desorientado en la oscuridad total. Poco a poco empecé a recordar lo ocurrido y entré en pánico. Palpé la piedra de alrededor intentando ubicarme y me corté con unos cristales, presumiblemente de mi linterna. Me limpié como pude en el pantalón y decidí avanzar fuera como fuera. Con miedo de volver a caer fui a cuatro patas, intentando mantener cerca del suelo la mayor parte de mi cuerpo. Estuve reptando en la intemporal oscuridad tiempo y tiempo, agarrándome a piedras invisibles para mí y confiando demasiado en mi dirección, que sólo buscaba subir. El cansancio me fue ganando terreno y noté la debilidad. Creo que el hambre acrecentó el dolor de cabeza que todavía arrastraba y que se mezclaba con el escozor de las heridas de mis manos, sucias ya de toda la tierra y humedad de la cueva. Me ovillé para minimizar la pérdida de calor y me entró sueño. Estaba aterrado, el frío y la humedad ya me llegaba hasta los huesos, pero el temor desapareció lentamente conforme me fui rindiendo y empecé a cerrar los ojos.
Cuando desperté, una pequeña luz me dio esperanzas. En un estado miserable me arrastré hasta lo que parecía su origen. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarme y alcanzar el saliente del que provenía. Desde allí vi la salida. Subí, manteniéndome erguido todo lo que pude, y me dirigí a paso lento hacia la abertura, que quedaba a la altura de mi cadera.
Tambaleante, salí afuera. La luz me cegaba, devolviéndome a la realidad. Me tiré sobre la hierba y sonreí, estaba vivo.
MELO