El sol bajaba lentamente, casi de manera imperceptible. El ruido de las olas se sumaba a la tenue luz que iluminaba el paisaje, tranquilizando la escena. La armonía del paisaje, su simetría, era un degradado de colores anaranjados sobre el agua brillante, ya en calma, y la clara arena, besada por el mar.
Conforme se acercaba la noche, ese limbo entre días que parece suspendido en la intemporalidad, el día iba durmiéndose en los recuerdos de su propia existencia. El día siguiente todavía estaba lejos, pero una vez que empezaba la caída de la luz ya nada iba a pararlo.
Esto no era triste. Había sido un día difuso, de unos pocos claros entre muchas nubes, de una leve luz tenue que no llegaba a alumbrar y orientar. El ocaso era la promesa de que aquello iba a acabar. De que mañana sería otro día, y que después de ese habría otro más. Nada acaba sin dejar algo nacer, y eso era por lo que había que sonreír.
Casi sin quererlo, desapareció el sol en el horizonte. Lentamente, el anochecer acababa con todo rayo de luz que recordara al día que acababa de despedir, mientras la marea subía y bajaba. La luna sonreía a medio cielo, sonrisa que se hacía más amplia conforme aumentaba la oscuridad.
Con la calma de empezar a sentirse alguien nuevo, alguien que no tenía miedos ni ligaduras porque las había dejado atrás, disfrutó de la noche y su incerteza. Se perdió en los recovecos de la realidad, allí donde nada es seguro y todo es confuso, y se puede moldear a voluntad.
El amanecer, todavía lejano, le sorprenderá durmiendo y ya soñando posibles luces a la oscuridad. Le llegará sonriendo, y con todo a medio preparar. Los días y las noches son largos, pero a veces parecen cortos si uno no sabe cuando va a acabar. Las olas, mientras tanto, van y vienen acariciando tierra y mar, sin decidirse, sin saber dónde se van a quedar.
Todo acaba pareciéndose, en otro tiempo y a veces en otro lugar, mientras el mundo avanza entre ocasos y amaneceres, todos diferentes, y nos deja volver a empezar.
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domingo, 20 de abril de 2014
sábado, 19 de abril de 2014
Doble atardecer
Era
martes. Creo que un 15 de abril. Marta y yo seguíamos juntos a pesar de todo. Nuestras
vidas habían cambiado mucho en los últimos años. Marta, mi amor desde los 15 años
había vencido a la leucemia y yo… ¿qué decir de mi?, había estado a su lado,
siempre, en las buenas y en las malas.
Estuvimos
cinco años en una habitación de un hospital. Cinco largos años que prometí que nunca volverían a repetirse. Por ello,
cuando Marta venció esa enfermedad que estuvo años intentando matarla lo
vendimos todo, dejamos nuestra ciudad y compramos un pequeño apartamento en la
playa.
A Marta
siempre le había gustado la playa y eso la hizo muy feliz. Todas las tardes,
hiciese frío, calor, lloviese o incluso nevase paseábamos por la orilla,
rozando el agua y sintiendo la libertad del mar. Se convirtió en una costumbre.
Siempre.
A la caída del sol Marta y yo estábamos descalzos en la playa. Alguna vez,
cuando el paisaje era merecedor de una fotografía de álbum de novios Marta me
besaba y me recordaba lo feliz que era por haber vencido la enfermedad.
Pero un
día, dos meses después de haber cumplido 76 años empecé a sentirme mal. No
quise preocupar a Marta así que la dejé en casa y fui al médico. Fui porque ya sabía que me pasaba
algo y así fue. El cáncer estaba venciéndome, matándome desde dentro.
Los doctores me dijeron que ya era
tarde para luchar. Dos o tres meses decían. Mi vida se vino abajo. Le había
prometido a Marta que nunca más le haría pasar por más noches encerrada en un
hospital, que nunca volveríamos a sufrir de esta manera…
Decidí llamar a nuestra hija. Mantener
en secreto mi enfermedad y pasar mis últimos días con Marta. Después ella se
iría a vivir con Rosa. Los días fueron pasando y me mantuve fuerte. Seguíamos
yendo todas las tardes a ver la puesta de sol a la playa.
Cada día me encontraba peor. Sentía
que mi último aliento llegaba. El final de mi vida se precipitaba sobre
nosotros.
Era martes. Creo que un 15 de abril.
Marta y yo fuimos a la playa, juntos, como todas las tardes. Decidí que lo
mejor sería sentarnos para ver como se ponía el sol. Sabía que esa iba a ser
nuestra última tarde juntos. Mi cuerpo no podía más.
Con el último rayo de sol mi vida se
apagó, en el mar, junto a la playa, con Marta.
Sarasvati
viernes, 18 de abril de 2014
La coartada
Para ella, los meses de invierno
eran el infierno. Un infierno llevadero y escogido, donde las llamas que la
devoraban tenían forma de noche repentina y de rutina marital. Al llegar la primavera,
el cambio de hora traía un regalo en la mochila. ¿Nunca os ha dado la sensación
de que atardece más lentamente? Como si al sol también le diese pereza irse a
casa, como si tuviese que dejar esa cerveza a medio beber en una terraza porque
mañana hay clase.
Para ella, el cambio de hora era la
excusa. Una excusa fácil y lógica, donde entraban en juego el buen tiempo y la celebérrima
operación bikini. Al llegar la primavera, cuando empezaba a anochecer se iba a
correr. ¿Acaso no sospechaba su marido de la sonrisa que anudaba su coleta?
Como si no se diese cuenta de que el resto del año no hacía absolutamente nada,
como si pensase que a ella le importaba algo el bikini.
A estas alturas resulta demasiado
fácil atar cabos, ¿verdad? Para ella, el ocaso era la coartada.
El primer día de ese año, caminó por
el paseo marítimo con toda la naturalidad de la que fue capaz. Maldijo su
costumbre de no llevar gafas de sol hasta bien entrado el verano y se preguntó
si a él le molestaría tanto ese resol mientras conducía. Antes de girar la
última esquina, hizo una reverencia ante el retrovisor de un coche para
soltarse la coleta. Se dedicó una última sonrisa coqueta y continuó su camino.
Él solía esperarla con el coche
aparcado en una calita de piedras. En realidad odiaba ese lugar que apestaba a
humedad, pero era discreto y, a fuerza de acudir ahí durante casi tres años, se
había medio acostumbrado. La mayor parte de las veces, lo encontraba leyendo un
libro cualquiera para no cuestionarse los motivos que lo llevaban ahí, para
evitar meter primera y huir de ahí. Para no intentar comprender por qué hacía
aquello.
Solía encontrarlo leyendo un libro
cualquiera hasta que, al atardecer de aquel primer día de ese año, solo encontró
el coche vacío y su ropa, cuidadosamente plegada sobre el asiento del copiloto.
Djalí
miércoles, 16 de abril de 2014
Filosofía de carretera
Deja caer los últimos
rayos de sol, deja que la luz se consuma con los últimos minutos del
día, deja que la Tierra siga girando y girando como solía hacer
contigo en las olas de esta playa, déjame arriesgarlo todo una noche
más, déjame creer que soy eterno... Después de todo, el final del
día es el comienzo de un sueño.
La velocidad es nuestra
forma de vida. La carretera nuestra filosofía. Cada día al
anochecer nos probamos a nosotros mismos. A veces, solo apostamos.
Otras, competimos y nos jugamos la vida fundiendo el motor de la moto
mientras corremos hacia el atardecer. En ese momento me siento vivo,
atravieso el viento, toco el sol que se esconde bajo el agua del mar,
la adrenalina se apodera de mi cuerpo salvaje y soy libre. En otras
ocasiones, no hay nada que perder, nada que ganar. Cuando ella vuelve
a mi mente, sin poder controlarlo, viajo. Viajo y el viaje me
devuelve la calma. Pero es inevitable pensar en esa carrera donde la
policía descubrió nuestra droga y nos capturaron de este mundo
irreal. No lo entendían, nos llamaron locos. Ella dijo que nunca se
acostumbraría a esto y se alejó.
Hoy no hay carreras. Las
hogueras parecen prender en llamas el cielo. La gente invade la playa
para preparar la Noche de San Juan. Escupo el humo del cigarro y
acepto la cerveza de Quique. Un coche aparca cerca y lo veo. Es
Nacho, el imbécil que dio mi nombre y el de mi hermano por una vieja
deuda ¿Qué hace aquí? ¿Cree que va a salir vivo? Quique y mi
hermano se levantan pero yo les paro al ver que va acompañado. Ana
¿Está con él?
Mientras Nacho habla con
otros, ella se acerca a mi. Su tímido “hola” no me anima, solo
sé que ya no es mía y que la quiero. La saludo y caminamos hasta la
orilla en silencio. Allí le pregunto-¿sabes que la Noche de San
Juan es mágica? mi abuelo me contó que simboliza el culto al
sol-burlona, me dice-¿en serio?-yo asiento y sigo-los griegos
llamaban a los solsticios puertas, la de invierno era la de los
dioses y esta, la de verano, era la de los hombres-me mira como si
estuviera loco-¿una puerta a dónde?-pregunta-a rutas sin descubrir
¿A dónde crees que nos llevará esta puerta?-niega con la cabeza
sin saber qué decir.
Nacho viene y presume de
sus nuevos negocios. Mi hermano no puede contenerse más y se lía a
guantazos. Separo a mi hermano antes de que lo mate-lárgate de una
vez, porque como vuelvas no le contendré-él asiente. Coge la mano
de Ana pero esta se suelta rechazándolo y finalmente se retira. El
día se esfuma-ya sé a dónde nos lleva la puerta-afirma Ana-yo
sonrío diciendo-¿a dónde?-y responde-al mismo punto de inicio
donde ambos queremos volver, a nosotros.
En realidad, Ana se
parece a mí más de lo que ella piensa. Otra amante de la libertad.
En los caminos abiertos que descubrió sobre mi moto se había hecho
tan adicta a mí como yo de ella. Esa puesta de sol, ese solsticio de
verano había sido para ella nuestro reinicio, para mi un regalo. No
nos juzguen por vivir esta fantasía. Después de todo, el final del
día es el comienzo de un sueño.
Alicia Salazar
martes, 15 de abril de 2014
Breathe.
Te
levantas, no respiras, es algo secundario. Desayunas pronto pero tarde, el
autobús no te va a esperar así que sales corriendo y llegas a la oficina donde
las rutinas te atrapan entre sofocos y responsabilidades, broncas del jefe y
demandas del becario. No sabes cómo lo haces pero en algún momento coges aire
para aguantar hasta la hora de la comida. Qué digo hora, los 15 minutos de
descanso. Por la tarde, las horas pasan llorándole a la vida y preguntándole
por qué te quitó las siestas el día en que acabaste la universidad y comenzó la
monotonía.
Entre
cafés y cigarrillos sobrevives el día y acabas cogiendo la bici. Pero sabes que
solo lo haces para sentirte bien con las normas sociales, porque si por ti
fuera irías en una Harley al trabajo. Si por ti fuera no, si por el jefe
viniera y te subiera el salario.
Luchas
con el cierzo, con las señoras que gritan, con la gente que habla sola y te
para solo para seguir en su delirio circense y... Al fin, llegas a tu piso.
Todo
el mundo se pregunta por qué lo elegiste tan lejos y tan pequeño. Ja. Alguien
que mide metro 50 no necesita más de 30 metros cuadrados. Pero ese no es el
tema.
Que…
¿Por qué elegí una casa alejada de la mano de Dios y de la contaminación
acústica y lumínica? ¿Para poder poner Muse a tope a las 12 de la noche? ¿Para
poder conquistar mentes ajenas sin tener miedo de que los gemidos de sus
miradas traspasen a oídos cotillas? ¿Para poder gritar y cagarme en la puta o
en sus hijos políticos cuando yo quiera? Sí, puede que por todo esto… Pero…
Especialmente
lo escogí por las vistas y los colores. A cualquier hora del día puedo
encontrarme con nuevos dibujos en forma de nubes o nuevos olores fundidos en
colores entre las sombras de los árboles…
Pero
aun hay una hora más especial del día por la que escogí este piso. Cuando
atardece me gusta descubrir la mirada del sol, fundiéndose a lo largo de las
montañas, guiñándome el ojo mientras me da las gracias por no ser como otros y por seguir disfrutando cada día de su despedida como si fuera la primera vez. Como si
mi niña interior siguiera tan fresca como aquel día en el que aprendió a
coleccionar todos los colores del ocaso.
Es en ese momento en el que me permito respirar y romper el aire de la monotonía y demás tonterías de la vida.
Neko
lunes, 14 de abril de 2014
Pacto con el ocaso
El aire del recuerdo inunda las palabras que mi
mirada no consigue ni tan siquiera dibujar sobre el lienzo del pensamiento. Era
un hombre bueno. Mis pies vagan en otro tiempo, escapándose de las manecillas
de un reloj que siempre va demasiado deprisa. Miro mi sombra, perdida y
desorientada sin su voz. Ahora, entre el aroma de los cipreses, la luz del
horizonte ciega mi visión; sonrío, un poco.
Cuatro meses atrás su áspera mano asentaba mis
miedos, sus calmados ojos cristalinos penetraban en mi joven corazón, y su arrugada
voz abrió la celda de mi curiosidad.
Comenzó todo sin quererlo, una tarde cualquiera. Lo
que empezó como un trabajo, se convirtió en la lección más importante de mi
vida.
Hablaba despacio, a pesar de su edad no se
precipitaba nunca, pisaba firme. Sobre un tablero de ajedrez pintaba las
pupilas de mi asombro con la banda sonora de su vida. Cada amor, cada sueño,
cada lágrima. Hablábamos del infinito, de los miedos.
¿Te
da miedo la muerte? –Me preguntó
un día. Callé, sorprendido por la pregunta– A
mí sí. Que no te mientan con eso de que a los viejos no nos asusta, que ya
hemos cumplido, que esperamos nuestro final. Falacias. −Interesado por su
reflexión, mis ojos querían seguir devorando sus pensamientos− El mayor miedo es el olvido, mi vida quedará
en nada. Puede que mis hijos, los que no sacan tiempo para cuidarme, me
recuerden un tiempo. Puede que mis nietos se acuerden del viejo inválido al que
visitaban cada dos semanas... ¿Pero qué hay de mi historia? –Por primera vez
tras muchos años me temblaba la mirada, creí que iba a llorar. Quizás lo
entendía− Mi nombre no importará, pero yo
he sido el protagonista mis amaneceres, de mis pensamientos, de mis llantos. –Hizo
una pausa más prolongada de lo habitual− Te
propongo un trato chico, cuando esté atardeciendo, justo cuando el sol refleje
tus ojos y no te permita avanzar, acuérdate de mí. Detente, y piensa cual será
tu próximo paso. Será nuestro pacto con el ocaso. Nuestra forma de esquivar a
la muerte, pues en tu mente estaré vivo, al menos unos años más.
Se fue, pero mi cabeza no puede sino plantearse cuál
será mi próximo paso cuando vuelva a iniciar mi camino.
Drizzt Beleren
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