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domingo, 20 de abril de 2014

Ocaso en el mar

El sol bajaba lentamente, casi de manera imperceptible. El ruido de las olas se sumaba a la tenue luz que iluminaba el paisaje, tranquilizando la escena. La armonía del paisaje, su simetría, era un degradado de colores anaranjados sobre el agua brillante, ya en calma, y la clara arena, besada por el mar.
Conforme se acercaba la noche, ese limbo entre días que parece suspendido en la intemporalidad, el día iba durmiéndose en los recuerdos de su propia existencia. El día siguiente todavía estaba lejos, pero una vez que empezaba la caída de la luz ya nada iba a pararlo.
Esto no era triste. Había sido un día difuso, de unos pocos claros entre muchas nubes, de una leve luz tenue que no llegaba a alumbrar y orientar. El ocaso era la promesa de que aquello iba a acabar. De que mañana sería otro día, y que después de ese habría otro más. Nada acaba sin dejar algo nacer, y eso era por lo que había que sonreír.
Casi sin quererlo, desapareció el sol en el horizonte. Lentamente, el anochecer acababa con todo rayo de luz que recordara al día que acababa de despedir, mientras la marea subía y bajaba. La luna sonreía a medio cielo, sonrisa que se hacía más amplia conforme aumentaba la oscuridad.
Con la calma de empezar a sentirse alguien nuevo, alguien que no tenía miedos ni ligaduras porque las había dejado atrás, disfrutó de la noche y su incerteza. Se perdió en los recovecos de la realidad, allí donde nada es seguro y todo es confuso, y se puede moldear a voluntad.
El amanecer, todavía lejano, le sorprenderá durmiendo y ya soñando posibles luces a la oscuridad. Le llegará sonriendo, y con todo a medio preparar. Los días y las noches son largos, pero a veces parecen cortos si uno no sabe cuando va a acabar.  Las olas, mientras tanto, van y vienen acariciando tierra y mar, sin decidirse, sin saber dónde se van a quedar.
Todo acaba pareciéndose, en otro tiempo y a veces en otro lugar, mientras el mundo avanza entre ocasos y amaneceres, todos diferentes, y nos deja volver a empezar.

sábado, 19 de abril de 2014

Doble atardecer


Era martes. Creo que un 15 de abril. Marta y yo seguíamos juntos a pesar de todo. Nuestras vidas habían cambiado mucho en los últimos años. Marta, mi amor desde los 15 años había vencido a la leucemia y yo… ¿qué decir de mi?, había estado a su lado, siempre, en las buenas y en las malas.

Estuvimos cinco años en una habitación de un hospital. Cinco largos años que prometí que nunca volverían a repetirse. Por ello, cuando Marta venció esa enfermedad que estuvo años intentando matarla lo vendimos todo, dejamos nuestra ciudad y compramos un pequeño apartamento en la playa.

A Marta siempre le había gustado la playa y eso la hizo muy feliz. Todas las tardes, hiciese frío, calor, lloviese o incluso nevase paseábamos por la orilla, rozando el agua y sintiendo la libertad del mar. Se convirtió en una costumbre. 

Siempre. A la caída del sol Marta y yo estábamos descalzos en la playa. Alguna vez, cuando el paisaje era merecedor de una fotografía de álbum de novios Marta me besaba y me recordaba lo feliz que era por haber vencido la enfermedad.

Pero un día, dos meses después de haber cumplido 76 años empecé a sentirme mal. No quise preocupar a Marta así que la dejé en casa y fui al médico. Fui porque ya sabía que me pasaba algo y así fue. El cáncer estaba venciéndome, matándome desde dentro.

Los doctores me dijeron que ya era tarde para luchar. Dos o tres meses decían. Mi vida se vino abajo. Le había prometido a Marta que nunca más le haría pasar por más noches encerrada en un hospital, que nunca volveríamos a sufrir de esta manera…

Decidí llamar a nuestra hija. Mantener en secreto mi enfermedad y pasar mis últimos días con Marta. Después ella se iría a vivir con Rosa. Los días fueron pasando y me mantuve fuerte. Seguíamos yendo todas las tardes a ver la puesta de sol a la playa.

Cada día me encontraba peor. Sentía que mi último aliento llegaba. El final de mi vida se precipitaba sobre nosotros.

Era martes. Creo que un 15 de abril. Marta y yo fuimos a la playa, juntos, como todas las tardes. Decidí que lo mejor sería sentarnos para ver como se ponía el sol. Sabía que esa iba a ser nuestra última tarde juntos. Mi cuerpo no podía más.


Con el último rayo de sol mi vida se apagó, en el mar, junto a la playa, con Marta. 

Sarasvati

viernes, 18 de abril de 2014

La coartada



Para ella, los meses de invierno eran el infierno. Un infierno llevadero y escogido, donde las llamas que la devoraban tenían forma de noche repentina y de rutina marital. Al llegar la primavera, el cambio de hora traía un regalo en la mochila. ¿Nunca os ha dado la sensación de que atardece más lentamente? Como si al sol también le diese pereza irse a casa, como si tuviese que dejar esa cerveza a medio beber en una terraza porque mañana hay clase.

Para ella, el cambio de hora era la excusa. Una excusa fácil y lógica, donde entraban en juego el buen tiempo y la celebérrima operación bikini. Al llegar la primavera, cuando empezaba a anochecer se iba a correr. ¿Acaso no sospechaba su marido de la sonrisa que anudaba su coleta? Como si no se diese cuenta de que el resto del año no hacía absolutamente nada, como si pensase que a ella le importaba algo el bikini.

A estas alturas resulta demasiado fácil atar cabos, ¿verdad? Para ella, el ocaso era la coartada.

El primer día de ese año, caminó por el paseo marítimo con toda la naturalidad de la que fue capaz. Maldijo su costumbre de no llevar gafas de sol hasta bien entrado el verano y se preguntó si a él le molestaría tanto ese resol mientras conducía. Antes de girar la última esquina, hizo una reverencia ante el retrovisor de un coche para soltarse la coleta. Se dedicó una última sonrisa coqueta y continuó su camino.

Él solía esperarla con el coche aparcado en una calita de piedras. En realidad odiaba ese lugar que apestaba a humedad, pero era discreto y, a fuerza de acudir ahí durante casi tres años, se había medio acostumbrado. La mayor parte de las veces, lo encontraba leyendo un libro cualquiera para no cuestionarse los motivos que lo llevaban ahí, para evitar meter primera y huir de ahí. Para no intentar comprender por qué hacía aquello.

Solía encontrarlo leyendo un libro cualquiera hasta que, al atardecer de aquel primer día de ese año, solo encontró el coche vacío y su ropa, cuidadosamente plegada sobre el asiento del copiloto.
Djalí

miércoles, 16 de abril de 2014

Filosofía de carretera

Deja caer los últimos rayos de sol, deja que la luz se consuma con los últimos minutos del día, deja que la Tierra siga girando y girando como solía hacer contigo en las olas de esta playa, déjame arriesgarlo todo una noche más, déjame creer que soy eterno... Después de todo, el final del día es el comienzo de un sueño.

La velocidad es nuestra forma de vida. La carretera nuestra filosofía. Cada día al anochecer nos probamos a nosotros mismos. A veces, solo apostamos. Otras, competimos y nos jugamos la vida fundiendo el motor de la moto mientras corremos hacia el atardecer. En ese momento me siento vivo, atravieso el viento, toco el sol que se esconde bajo el agua del mar, la adrenalina se apodera de mi cuerpo salvaje y soy libre. En otras ocasiones, no hay nada que perder, nada que ganar. Cuando ella vuelve a mi mente, sin poder controlarlo, viajo. Viajo y el viaje me devuelve la calma. Pero es inevitable pensar en esa carrera donde la policía descubrió nuestra droga y nos capturaron de este mundo irreal. No lo entendían, nos llamaron locos. Ella dijo que nunca se acostumbraría a esto y se alejó.

Hoy no hay carreras. Las hogueras parecen prender en llamas el cielo. La gente invade la playa para preparar la Noche de San Juan. Escupo el humo del cigarro y acepto la cerveza de Quique. Un coche aparca cerca y lo veo. Es Nacho, el imbécil que dio mi nombre y el de mi hermano por una vieja deuda ¿Qué hace aquí? ¿Cree que va a salir vivo? Quique y mi hermano se levantan pero yo les paro al ver que va acompañado. Ana ¿Está con él?

Mientras Nacho habla con otros, ella se acerca a mi. Su tímido “hola” no me anima, solo sé que ya no es mía y que la quiero. La saludo y caminamos hasta la orilla en silencio. Allí le pregunto-¿sabes que la Noche de San Juan es mágica? mi abuelo me contó que simboliza el culto al sol-burlona, me dice-¿en serio?-yo asiento y sigo-los griegos llamaban a los solsticios puertas, la de invierno era la de los dioses y esta, la de verano, era la de los hombres-me mira como si estuviera loco-¿una puerta a dónde?-pregunta-a rutas sin descubrir ¿A dónde crees que nos llevará esta puerta?-niega con la cabeza sin saber qué decir.

Nacho viene y presume de sus nuevos negocios. Mi hermano no puede contenerse más y se lía a guantazos. Separo a mi hermano antes de que lo mate-lárgate de una vez, porque como vuelvas no le contendré-él asiente. Coge la mano de Ana pero esta se suelta rechazándolo y finalmente se retira. El día se esfuma-ya sé a dónde nos lleva la puerta-afirma Ana-yo sonrío diciendo-¿a dónde?-y responde-al mismo punto de inicio donde ambos queremos volver, a nosotros.


En realidad, Ana se parece a mí más de lo que ella piensa. Otra amante de la libertad. En los caminos abiertos que descubrió sobre mi moto se había hecho tan adicta a mí como yo de ella. Esa puesta de sol, ese solsticio de verano había sido para ella nuestro reinicio, para mi un regalo. No nos juzguen por vivir esta fantasía. Después de todo, el final del día es el comienzo de un sueño.

Alicia Salazar

martes, 15 de abril de 2014

Breathe.

Te levantas, no respiras, es algo secundario. Desayunas pronto pero tarde, el autobús no te va a esperar así que sales corriendo y llegas a la oficina donde las rutinas te atrapan entre sofocos y responsabilidades, broncas del jefe y demandas del becario. No sabes cómo lo haces pero en algún momento coges aire para aguantar hasta la hora de la comida. Qué digo hora, los 15 minutos de descanso. Por la tarde, las horas pasan llorándole a la vida y preguntándole por qué te quitó las siestas el día en que acabaste la universidad y comenzó la monotonía.
Entre cafés y cigarrillos sobrevives el día y acabas cogiendo la bici. Pero sabes que solo lo haces para sentirte bien con las normas sociales, porque si por ti fuera irías en una Harley al trabajo. Si por ti fuera no, si por el jefe viniera y te subiera el salario.
Luchas con el cierzo, con las señoras que gritan, con la gente que habla sola y te para solo para seguir en su delirio circense y... Al fin, llegas a tu piso.
Todo el mundo se pregunta por qué lo elegiste tan lejos y tan pequeño. Ja. Alguien que mide metro 50 no necesita más de 30 metros cuadrados. Pero ese no es el tema.
Que… ¿Por qué elegí una casa alejada de la mano de Dios y de la contaminación acústica y lumínica? ¿Para poder poner Muse a tope a las 12 de la noche? ¿Para poder conquistar mentes ajenas sin tener miedo de que los gemidos de sus miradas traspasen a oídos cotillas? ¿Para poder gritar y cagarme en la puta o en sus hijos políticos cuando yo quiera? Sí, puede que por todo esto… Pero…
Especialmente lo escogí por las vistas y los colores. A cualquier hora del día puedo encontrarme con nuevos dibujos en forma de nubes o nuevos olores fundidos en colores entre las sombras de los árboles…

Pero aun hay una hora más especial del día por la que escogí este piso. Cuando atardece me gusta descubrir la mirada del sol, fundiéndose a lo largo de las montañas, guiñándome el ojo mientras me da las gracias por no ser como otros y por seguir disfrutando cada día de su despedida como si fuera la primera vez. Como si mi niña interior siguiera tan fresca como aquel día en el que aprendió a coleccionar todos los colores del ocaso. 
Es en ese momento en el que me permito respirar y romper el aire de la monotonía y demás tonterías de la vida. 
Neko

lunes, 14 de abril de 2014

Pacto con el ocaso

El aire del recuerdo inunda las palabras que mi mirada no consigue ni tan siquiera dibujar sobre el lienzo del pensamiento. Era un hombre bueno. Mis pies vagan en otro tiempo, escapándose de las manecillas de un reloj que siempre va demasiado deprisa. Miro mi sombra, perdida y desorientada sin su voz. Ahora, entre el aroma de los cipreses, la luz del horizonte ciega mi visión; sonrío, un poco.

Cuatro meses atrás su áspera mano asentaba mis miedos, sus calmados ojos cristalinos penetraban en mi joven corazón, y su arrugada voz abrió la celda de mi curiosidad.
Comenzó todo sin quererlo, una tarde cualquiera. Lo que empezó como un trabajo, se convirtió en la lección más importante de mi vida.

Hablaba despacio, a pesar de su edad no se precipitaba nunca, pisaba firme. Sobre un tablero de ajedrez pintaba las pupilas de mi asombro con la banda sonora de su vida. Cada amor, cada sueño, cada lágrima. Hablábamos del infinito, de los miedos.

¿Te da miedo la muerte? –Me preguntó un día. Callé, sorprendido por la pregunta– A mí sí. Que no te mientan con eso de que a los viejos no nos asusta, que ya hemos cumplido, que esperamos nuestro final. Falacias. −Interesado por su reflexión, mis ojos querían seguir devorando sus pensamientos− El mayor miedo es el olvido, mi vida quedará en nada. Puede que mis hijos, los que no sacan tiempo para cuidarme, me recuerden un tiempo. Puede que mis nietos se acuerden del viejo inválido al que visitaban cada dos semanas... ¿Pero qué hay de mi historia? –Por primera vez tras muchos años me temblaba la mirada, creí que iba a llorar. Quizás lo entendía− Mi nombre no importará, pero yo he sido el protagonista mis amaneceres, de mis pensamientos, de mis llantos. –Hizo una pausa más prolongada de lo habitual− Te propongo un trato chico, cuando esté atardeciendo, justo cuando el sol refleje tus ojos y no te permita avanzar, acuérdate de mí. Detente, y piensa cual será tu próximo paso. Será nuestro pacto con el ocaso. Nuestra forma de esquivar a la muerte, pues en tu mente estaré vivo, al menos unos años más.

Se fue, pero mi cabeza no puede sino plantearse cuál será mi próximo paso cuando vuelva a iniciar mi camino.


Drizzt Beleren