Mostrando entradas con la etiqueta Impotencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Impotencia. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de diciembre de 2014

A medias.

Miro mis manos, como si ellas tuvieran toda la culpa. Ahí están, vacías, sin ofrecerme nada. Malditas manos inútiles, ¿por qué no pueden escribir solas?. Detrás de ellas, una hoja de papel me desafía. "¿Vas a dejarme así?" parece decir, y yo... no tengo respuesta. Pintarrajeo pensativo la hoja. Escribo un par de cosas y las tacho, y empiezo otra vez. Cada intento se torna insípido y anodino. Nada tiene calidad y lo sé. Hace ya tiempo que no escribo nada bueno y ya no sé cómo intentarlo. Levanto la hoja y observo el resultado de mis intentos, la hoja garabateada y tachada. Le pregunto si así está mejor, pero ahora está silenciosa, como mis ideas. La inspiración se me acabó cuando superé aquella depresión. Y no es una queja.

Suena mi teléfono. Me levanto y lo cojo. Minutos más tarde estoy riendo en buena compañía. La vida me ha dado un giro brutal y me ha cambiado la perspectiva. Todo parece diferente y las metáforas para describirlo también han mutado. No soy escritor para estos momentos, me fallan las palabras. Soy diestro en lo duro y frío que arranca el alma. Quizá algún día sepa adaptarme, pero de momento no encuentro musa que me saque lo de dentro a través de mi vieja pluma. No puedo escribir sobre la calma. Quizá haya llegado el momento de dejar de escribir, quizá deba dejar este relato a medias.

MELO

sábado, 13 de diciembre de 2014

Resistir


Una vez más cruzo la puerta de tus entrañas. Deseo conocerte mejor pero no me estás dejando, eres insaciable, pura. Tus labios nunca quieren rozar los míos y tus manos solo te sirven para señalarme con desprecio.

Reproches, eso es todo lo que hay para mi. Te odio y te quiero a la vez. Deseo empotrarte contra la pared pero también matarte lentamente. Eres tú, mi droga y mi antídoto, mi razón de ser. Me matas y me das vida, tú, la reina de mi alma, el demonio de mi corazón.

Te quiero mucho pero te odio más. No entiendo nada, deseo formar parte de tu alma, unirme a ti como si fuésemos un cuerpo inerte, frío, perfecto. No me dejas, eres mala, la más mala y me encanta. Deseo verte cada noche antes de dormir pero imaginarte en la cama me produce pánico, miedo, desolación.

Deseo quererte u odiarte, una de las dos. Quiero aclararme pero cuanto más te veo más te quiero y te odio. Eres una musa con veneno que me mata poco a poco, desde dentro.

Me hierve la sangre cuando pienso en ti. Quiero decidirme: ¿quererte u odiarte? Esa es la decisión más difícil de toda mi vida pero no soy capaz de hacerlo. Me odio a mi mismo por esto. Eres toda mi vida pero también eres la que más daño me hace. No puedo elegir…

Te odio y lo haré siempre.

Te quiero y lo haré siempre.

Sarasvati


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Prefiero correr

Salida. Hace frío, pero eso no me importa demasiado porque lo que llevo dentro quema demasiado y soy incapaz de sacarlo. Tampoco le dedico ni un momento. Prefiero correr. Así que sigo acelerando. Lo cierto es que en el recorrido de hoy no me importaría mucho si me llevara a alguien por delante o si tirara a cualquiera a la fuente del parque. Soy como un vendaval. Pero los esquivo a todos porque no quiero más voces en mi cabeza.

Quinientos metros. Duele cuando la gente nos hace daño pero a mí me duele más cuando el mal lo he causado yo. Esto arde, sigue sin querer salir de mí, por lo que corriendo como si no hubiera un mañana, esperando que al final del trayecto encuentre lo que estoy buscando, una solución, un perdón.

Primer kilómetro. Con cada paso siento el peso de la culpa ¿Sabes lo que es la impotencia? Esa bola de fuego que nace en el estómago y cuyo calor se extiende por resto del cuerpo quemándote por dentro. Intenta escapar por la garganta mientras sabes que no puede salir de ahí porque no debe o porque aunque salga no va a servir de nada o solo va a empeorar las cosas. Esa tensión sobre la sienes de la frente, esa rabia contenida en tus manos temblorosas e inquietas con intención de hacer algo pero finalmente sin hacer nada. En realidad, entiendes que no es el mejor momento para tratar de llevar a cabo ninguna estrategia, porque más que pensar con la cabeza piensas con los puños.

Segundo kilómetro. Demasiada presión. Pienso que estoy buscando más que su perdón, también busco el mío, pero disculparme a mí mismo va a ser más complicado aún. Solo hay eso. Impotencia. Rabia. Luego viene esa tristeza derramándose por los ojos y esa baba tan espesa generada a causa de querer decir tantas cosas mientras te vas dando cuenta de que no vas a poder decir nada. Solo son un montón de palabras encerradas en tu boca y que al intentar tragarlas se colapsan en un enorme tráfico en la garganta.

Tercer kilómetro. Si paro de correr no sé lo que puede pasar, lo que puedo pensar o hacer. O si me voy a derrumbar. Esto funciona, pero tengo miedo del resultado de esa impotencia contenida que he amansado gracias a las fuerzas que aún le quedaban a mis piernas.

Meta. Reduzco poco a poco la velocidad cuando veo a lo lejos las escaleras de su casa. No tenía intención de llegar aquí pero mis pies me están conducido hasta su puerta para saldar mis cuentas, para recuperar a mi hermano. Aún quedan rastros del dolor pero siento que puedo con ello. Voy llegando con el aliento entrecortado. Cuando me detenga, ya sin miedo a lo que pueda venir después, sé que estaré bien y que la impotencia se habrá esfumado como el humo. Finalmente paro ante su puerta. Respiro profundamente y miro al horizonte, a ese cielo azul que no me había dado cuenta de que estaba porque en mi vida solo había nubes. Ahora con la mente fría, a pesar de que temo lo que pueda pasar, sé que es momento de hacer lo correcto. Toda mi vida he preferido correr, huir y escapar los problemas. Pero hoy, por primera vez, me voy a enfrentar a todo sin miedo.

martes, 9 de diciembre de 2014

Come as you are.

Las preguntas se agolpaban en mi mente. Y mis momentos con ellos se disipaban. No quería reconocerlos míos ni me quería encariñar de ellos. Prefería huir por la tangente. No seguir en ese hogar que me ha hecho las veces de choque y de parachoque. A la vez. Muy a la vez. 

Podría hablar en pasado. Pero hoy me siento presente y futuro. Y no. No tengo ni idea de qué hacer. Cómo actuar o de dónde sacar las fuerzas para combatir, combatir contra quienes me han enseñado todo lo que sé.
 Cómo cambiar el mundo de personas que lo han creado todo en base a una serie de sucias ideas o composturas filosóficas a las que se aferran a cada golpe de dificultad intragrupal. 

Y no. No tengo fuerzas. Y siento rabia, incompetencia, intolerancia, asco, miedo y evitación. Y sé que con esto último no se llega a nada pero… Qué le voy a hacer si hoy no tengo ganas de luchar. Si pienso que algún día descubriré la fórmula secreta o, por lo menos, estaré lo suficientemente lejos.

Me siento triste, una persona que no debería ni existir por pensar esto. Pero es que cuando te ves con algo tan grande que no sabes ni por dónde cogerlo… es imposible empezar. Imposible planificar.


Hoy dejemos a la improvisación y a las ganas la capacidad de cambiar el rumbo. Poco a poco. Sin prisas. Aunque sabiendo que es la raíz de todo y que… Profundizar en el fondo sería lo mejor. 

Pero… Hoy sin presiones. Poco a poco…

Neko 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Pesadilla constante

Oscuridad, sombras y la adrenalina corriendo a través de mi sudor. Mis venas se hinchan entre carreras que no alcanzan su objetivo. Sigo moviéndome, no puedo dejar que te pierdas más allá del horizonte, y tu sombra, por mucho que me esfuerce, está cada vez más lejos. Mi respiración se ahoga ante la falta de fuerzas, pero te diluyes entre la línea que separa el cielo de la tierra.

Despertar.

Nada es real, ni tu sombra ilumina ya mi camino, ni podré alcanzarte, solo el sudor permanece. En la penumbra no puedo ya sino evocarte, impotente ante tu muerte. Nada puedo hacer más que dar un bocado al aire fresco que golpea mi ventana, ni el gélido invierno enfría el infierno en el que habito desde que te fuiste. Y como los copos de nieve que comienzan a regar la noche, no veo mi futuro más allá del cemento que levanta esta maldita realidad. Así que siguiendo los trazos de tinta que mi destino fabricó caigo hacia la nada, esperando que tras mi oscuro reflejo que no cesa de aumentar, se encuentre tu sonrisa.

Despertar.

Los sentimientos vuelven a embriagarme, mi consciencia me traiciona, mis pulsaciones me maltratan; y ya no sé a dónde ir. Deseo esconderme de mí mismo, para que no se vuelva a aparecer tu silueta en cada esquina, tras cada pequeña sonrisa que se asoma a mi vida; pues la impotencia vuelve a mí. Me invade y me estrangula, haciéndome máximo culpable. Estallo y ya no hay vuelta atrás. Un cuchillo decora la solitaria estancia. Me mira a los ojos, y yo no hago más que preguntarle si esta vez será la definitiva o volveré a despertar.


Drizzt Beleren