viernes, 3 de octubre de 2014

Villanos cotidianos



Eran más de la siete cuando escuchó el timbre. Habían quedado para hacer un trabajo. Entró, se dieron dos besos y ambas acordaron ponerse manos a la obra antes de que cualquier anécdota de la noche anterior acabase con la escasa concentración que su resaca les permitía reunir.
Documentarse nunca había sido su fuerte. Comenzaron escribiendo el título. Villanos del cine: posibles influencias históricas. Libros, tesis, artículos… todo se entremezclaba en una red de datos, teorías y absurdas interpretaciones de algunas de sus películas favoritas. ¿De verdad existían tantos dobles sentidos? ¿Tantas referencias?
Cuatro horas más tarde, aquello parecía cobrar forma. Sin duda, quedaba mucho trabajo por hacer, pero no ese día. Juntas, resolvieron la ecuación con facilidad: qué mejor que una copa de vino para exterminar cualquier actividad intelectual.
Poco después, se encontraban brindando.
— ¿Sabes qué? A la mierda con los villanos. ¡A la mierda con Maquiavelo! ¿Sabes quién son los verdaderos villanos? Los villanos cotidianos. Son una superliga de gente encargada de hacernos la vida imposible.
— ¿Ah, sí? ¿Hay de eso?
— Sí. Mira. Esta botella es un villano, por acabarse. Y estas dos copas también. ¿Por qué una tiene que ser de cóctel?
— Vale, vale. ¿Y qué me dices de la cajera del súper? Era la más lenta del universo.
— Brindemos por todos nuestros villanos del día a día. Por la esquina de la mesa, que me destroza el meñique cuando me levanto a por agua. ¡Por todas esas chicas que me cruzo y van perfectas a las ocho de la mañana!
— ¡Y por los que me dan conversación en el transporte público! ¡Por el vecino que sostiene la puerta cuando todavía estás muy lejos! ¿Qué les habremos hecho?
— ¡Por los mosquitos, los pelos en la ducha y los que te destrozan el final de una película y se hacen llamar amigos!
— Chin, chin por todos los que andan lento por la calle. Y por el profesor que decide que la Navidad es la mejor época para hacer quinientos trabajos y preparar tres exámenes.
— Y por nosotras, que cotilleamos el Facebook de nuestro ex.
— Que decidimos ponernos a dieta en verano.
— Somos nuestros villanos favoritos.
— Deberíamos ponernos en la bibliografía.

Djalí

jueves, 2 de octubre de 2014

A mi manera

¿Que si lo hice? ¿Tú que crees? ¿Me ves con cara de ir de broma? ¿Me ves con cara de LOCO?

Sí, lo hice. Lo maté a sangre fría. ¡Yo disparé a ese tipo! ¿Va a cambiar el mundo? Nada, ¡nada!

¿Qué pasa?, ¿se acaba el mundo? Corred como gallinas sin cabeza. Todos los caminos van al mismo sitio. Al puto infierno. Y yo ya he andado el mío. No es agradable, pero te acostumbras. Te lo diré una y mil veces hasta que te quede claro. Yo maté a ese "gato". Y estoy contento. Hay muchas lágrimas, y para mí es divertido.

¿No lo ves? El fin está cerca. Siempre está cerca. Llorad lo que queráis. Yo no. Yo no soy un marica. Yo iré de frente, a mi manera.

¿Que si hubo dudas? ¡Joder! Claro que hubo dudas, ¡Joder, joder! Había demasiado por hacer... pero lo hice... Lo tenía que hacer y lo hice. Y estoy orgulloso. Planee cada cosa, cada detalle. Creí tener cuidado. Pero lo hice a mi manera. No miré hacia arriba. Si molestaba algo lo disparé o lo eché a patadas.

¿Arrepentimiento? Tuve algo. Nada importante. Hice lo que debía. Sin vacilar. Sabía lo que hacía. Pude mandarlo todo a la putísima mierda. Pero no. Me enfrenté al muro. Luego me escurrí. Fui como una serpiente. Pero me reía.

Me tocó perder. Pero me siento ganador. Esperaré a que corran mi telón. La función se acaba. Viví una buena vida. Hice lo que quería. Lo maté como un hombre. El murió como una gallina. Tendrías que ver su cara de sorpresa. "Oh, no, no, no". Así se le quedó. Se lo merecía.

¿Qué? No me pondré un sombrero y me callaré lo que pienso. ¿Qué consigues? Las farsas para el que se arrodilla. Palabras vacías. Nada de sentimiento. Yo no soy así. Yo diré "Yo disparé a ese tipo, y lo hice a mi manera".
MELO

miércoles, 1 de octubre de 2014

La reina de los villanos

Un corazón acorazado como el mío es impenetrable, indestructible, un misterio de la naturaleza. Lo que en él se esconde pocos ojos lo han visto y han vivido para contarlo. Soy la reina de los villanos. Todos los criminales vienen a mostrarme su respeto y lealtad. Los aficionados solo buscan ganar dinero rápido y sin remordimientos, los profesionales llegan a disfrutarlo y la reina nunca llega a saciarse, siempre quiere más. Para ella la depravación es puro néctar.

Con solo treinta años dirijo la mayor organización de estafa de todos los tiempos. Tengo ojos y oídos en todas partes. Acojo a rateros, ladrones, asesinos, forajidos en busca y captura, expresidiarios, pandilleros... Todos esos malhechores vienen a mí y yo les hago asquerosamente ricos. Los más inteligentes y astutos llegan a ser incluso millonarios. Nada que yo no haya conseguido antes. Les enseño las mejores técnicas para engañar, timar, estafar, confundir, falsificar, engatusar y embaucar a todo aquel del que puedan sacar algo, pero pobre del iluso al que consigan pillar porque me desentenderé de él. Mi lema es: “La suerte de cada uno depende de cada uno”. Por eso nunca me han cazado ya que los pocos que hayan tenido pruebas contra mí o me hayan traicionado, bueno... me temo que ya no están entre nosotros.

Admito que en ocasiones caigo en tentaciones, como aquel día en el que me dirigí a la Iglesia para cobrar uno de mis últimos beneficios de la mano del propio cura de mi viejo barrio al que volví glamurosa y pisando fuerte sobre mis tacones para hacerme cargo de él personalmente.
-Un placer hacer negocios con un usted, padre-dije mientras guardaba sus billetes en mi cartera.
-Solo espero que esas fotos nunca salgan a la luz-susurró-mi desliz será perdonado por Dios con arrepentimiento. Él lo perdona todo, también sus fechorías, señorita. Rezaré por usted.
-No se moleste, padre, yo no tengo salvación-sonreí mientras estiré mi mano para despedirme de él, pero este no mostraba interés por estrecharla-¿no da la mano a una pobre pecadora?-este la cogió temiendo mi reacción. Me puse la gafas de sol y salí de la iglesia satisfecha.

En la calle tropecé con alguien y empecé a jurar en hebreo. Al levantar la vista y encontrar su cara, mi rostro se descompuso. Hacía demasiado tiempo que no le veía. Era Héctor y su mejor sonrisa de niño bueno. Mi más secreto amor platónico desde que íbamos juntos al colegio del barrio.
-Perdona no te he visto-se disculpa-un momento... ¿Rebeca? ¿Eres tú? Vaya estás... genial, irreconocible. Ha pasado mucho tiempo.
Concretamente hacía seis años, cuando se declaró y yo le rechacé por tener mejores aspiraciones.
-Sí... hace mucho-él estaba igual con su pelo alborotado y su camisa a cuadros-¿qué tal la familia? ¿cómo van tus obras de arte? ¿sigues en el barrio?-él se rió.
Yo misma me dí cuenta de que eran demasiadas preguntas.
-Están bien, gracias. La venta de cuadros podría ir mejor, mis últimas exposiciones han tenido menos éxito, pero mantengo la esperanza y sigo trabajando. Y sí, aún vivo aquí. Ya sabes dos calles más abajo ¿Quieres venir? Así me cuentas lo bien que te van las cosas y nos ponemos al día.
Entonces recordé la principal razón que me llevó a alejarme de su lado. Héctor era demasiado bueno para mí, cualquiera de mis actos hubieran repercutido en él y no se lo merecía. Rehusé su propuesta y me despedí. Al día siguiente, el pintor recibió varias llamadas de distintas galerías para nuevos proyectos.


Si hay que tener una religión que nos recuerde valores y principios, quizás él sea la mía. 
Sí, tengo algunas adicciones perjudiciales a parte de la inmoralidad.
¡Qué puedo decir, nadie es perfecto!

Alicia Salazar

martes, 30 de septiembre de 2014

Monstruitos.

Una de las penúltimas batallas había acabado, y yo ya estaba demasiado desorientada como para pensar con claridad... Los días que pasaban, las noches teñidas por luces y dolores de cabeza, los días sin intensidad y con demasiadas tonalidades grises...

Los pequeños monstruos vitales me estaban comiendo por dentro y me gastaban las ganas, las alegrías y los objetivos. Poco a poco, fui dejando que mis miedos fueran restando mi yo mientras ellos sumaban puntos en mi nueva personalidad. Pequeña, asustadiza, llorica e incapaz de enfrentarme a nada por miedo a sufrir, a que doliera, a que dejara huella... Así fueron esos días en los que dejé que la batalla la ganaran esas malas pécoras, esas aproximaciones a un futuro incierto sin ningún punto de seguridad... Esos días en los que me anticipaba a todo solo por miedo a no controlar nada.

Gracias a un hombre de verde y unas cuantas personas más conseguí que la tormenta finalizara y la calma sostenida apaciguara esos monstruos, esos acechantes en mis noches turbias.

Aprendí que doler, va a doler siempre y que cuando lo esperas de frente el dolor es menos amargo. Aprendí que la vida da muchas vueltas y que intentar huir en dirección opuesta acaba mareando en exceso. Aprendí que los días grises se pueden compensar con sonrisas cálidas. Aprendí que no hay que tener miedo a lo que va a pasar sino a lo que uno está haciendo porque no pase... No voy a decir que pasé sin tropezar aunque conseguí con más o menos acierto que mi camino no se frenara en seco.

Hoy el día es mas claro, la lluvia me pone tierna y los pequeños monstruitos o villanos o como se les quiera llamar van de mi mano, siendo parte de lo que quiero ser pero sin dejar mi muchedad a un lado, sin que definan toda mi personalidad, sin que solo sea eso sino solo en parte...


Lo mas importante es aprender a caminar con nuestros miedos, sin dejar que se nos coman a nosotros por el camino, aprendiendo a quererles como se "quiere" a los enemigos, porque en el fondo nos complementan...

Neko


lunes, 29 de septiembre de 2014

30 monedas de plata

El frescor de la noche iba en aumento conforme las horas morían ahogadas entre el silencio y la humillación. El huir de las hojas que caían de los árboles era, metafóricamente, justicia poética. Los ojos del mundo permanecían distraídos ante la rutina de su rodaje, todo era tan monótono.
Acicaló su barba, más preocupado por su rastro que por su higiene, por tercera vez desde que el sol se ocultó a lo lejos. A escondidas dejó su casa, y merodeó los alrededores indeciso ante sus actos. Repasó sus andares tres o cuatro veces, preguntándose si su mente no estaría envenenada, si la demencia se había apoderado de sus sentidos; suplicando que todavía estuviese soñando.
Al fin llegó un carruaje tirado por dos corpulentos caballos, cuyas crines ocultaban sus ojos de la traición, dejando la ceremonia sin más testigos que las estrellas. Dos hombres encapuchados, con las sonrisas agazapadas tras la vergüenza, aparecieron tras una pequeña cortina que hasta el momento bloqueaba las intrusas visiones del interior. Sin gesticular, sin permitir un solo gesto delator, aquellos hombres reanudaron su marcha al anonimato, sabiendo que la llama había comenzado a prender los primeros hilos de la cuerda que llevaba a su objetivo.
Allí continuaba él con el semblante impasible, perdido en su propio laberinto de locuras. Caóticos juicios sin sentencia llovían sobre su cabeza, atormentando su respiración. De pronto, fue consciente de que tras los misteriosos viajeros había una pequeña bolsa, la tomó en la mano y leyó la nota que la acompañaba: “Tan solo un beso”. Junto a aquella nota, unas treinta monedas de plata cotizaban su amistad.

Dos días después, tumbado en el tronco de un árbol, bajo el abrigo de la luna, miraba a los ojos distraídos de su amigo, intentando buscar la verdad de sus palabras. Tras mucho tiempo de oscuridad interior había logrado comprender el significado de la amistad, sintiéndose incapaz de realizar la misión que el destino le había otorgado. Se perdió entre el olor de sus sueños y, víctima del cansancio, se hundió dormido en su confusión.
Como la primera vez, se le volvió a aparecer en visiones. Él imploró clemencia, pidió perdón por sus pecados, suplicó no tener que hacerlo, una vez más.

“Parece que no vislumbres entre la maraña de tus sentimientos la realidad de los hechos. Eres la llave que abre los ojos de la humanidad, la compuerta que desbordará los mares que inunden las almas perdidas sin dirección. Escucha, Judas, permanece atento. Libramos la batalla más dura a la que jamás nos enfrentaremos, batalla que requiere de sacrificios. Nos encontramos en los últimos latigazos de una guerra sin cuartel, una lucha basada en la estrategia y la inteligencia, donde los más cautelosos son los vencedores. Satán se cree con todo ganado, cree que se apoderará de este mundo, confía fielmente en su venganza. Pero tú, Judas, entregarás a los hombres lo que es de los hombres. Darás vida al hijo de Dios. El ser humano debe pagar el pecado original que cometió, y este será el sacrificio. Con su muerte, tendremos el mártir que representará nuestros valores. Debemos sacrificar nuestra pieza más preciada para dar muerte final al enemigo. Tú eres el elegido. Serás reclutado para el Ejército Celestial, que salvaguardará el orden del más allá. Debes ser el héroe que será convertido en villano, pero tu corazón pertenecerá al Reino de los Cielos.”

Judas despertó de su retiro, se levantó buscando la comprensión en los ojos de su maestro, y dio el mayor beso de amor en la historia de la humanidad.



Drizzt Beleren

domingo, 28 de septiembre de 2014

En aquella parada.

Se giró, ausente, al oír sus pisadas. Sentado en la parada del autobús fue cuando la vio acercarse. Una chica con aire alegre y despreocupado que le devolvió la mirada a través de unos ojos vivaces. Su rutina se rompió en mil pedazos y su imaginación quiso volar.

Ella se sentó a su lado y le sonrío. Una sonrisa de esas que contagian felicidad. Le preguntó que si llevaba mucho tiempo esperando. Respondió que no mucho y quiso saber que qué bus esperaba. Resultó que esperaba el mismo que él y aún quedaban quince minutos para ese autobús. Lo cogía todos los días y lo sabía muy bien, le aseguró. Ella se echó a reír y le preguntó que por qué iba con tanta antelación si sabía exactamente cuando pasaba. Le dijo que le gustaba ser previsor y que nunca se sabía. "Pues hagamos de esta espera un rato agradable, ¿te parece?" respondió ella. Sonrió y le dijo que había hecho bien en venir antes, y que quizá mañana lo alargaría cinco minutos más.

Sucedió el tiempo y las sonrisas. Charlas agradables como nueva rutina. Complicidad que fue más allá de las charlas en aquella parada del autobús. Parecía natural pasar el tiempo juntos, planeando una cosa u otra, y sus aficiones encajaban a la perfección. Un día se dieron cuenta de lo que en el fondo ya temían y se besaron. Al principio tímidamente y luego ya se fueron soltando. Se amaban desde hace tiempo y tanto que hasta se les escapaba de las manos.

Hubo dudas y no siempre fue perfecto, pero intentaron que lo fuera. Las vallas que parecen trabar los caminos se vuelven ridículas si nos ayudamos a hacer pie. Y ellos se ayudaban, y mucho. Pasaron los años y no se cansaron, pues la vida que ellos compartieron fue tan rica como quisieron. Le supieron dar sentido y objetivo en cada recodo del camino sin obcecarse en dar vueltas en círculos o en no salirse de él.

Decidieron que querían educar hijos, y pudieron estar orgullosos de cómo lo hicieron. No perdieron la pasión en esas miradas, ni las ganas de amarse en ése tiempo; sólo repartían el cariño entre unas pequeñas personas que miraban con los grandes ojos de la curiosidad. Cuando el tiempo hizo mella, ellos ya no eran jóvenes y sus hijos ya no eran niños. Sobrevivieron al peso de la nostalgia y la melancolía con tranquilidad. El futuro que habían construido para sus hijos y la conciencia de una vida bien vivida era suficiente para los dos.

Doce minutos dan para pensar mucho. Y es cuando las puertas del sueño se abren cuando la creatividad es más prolífica. A todo esto daba imagen él mientras el tiempo pasaba, imparable. La amó brevemente, en un pequeño hueco de su cabeza, mientras la embadurnaba en su idealidad. Buscó a ratos la sonrisa cómplice de ella, la cual, absorta en un libro, ignoraba la vida que acababa de vivir. Vio como se subía apresuradamente en un autobús de la linea tres. Desapareció entre los abrigos de la gente, con todo a medio recoger. "Qué pena" pensó, y nunca más la volvió a ver.

Días después la cara de la chica era otra, pues su cara nunca importó en realidad. Se había enamorado de sus ideas, y no quería despertar. Allí, en sus pensamientos, perdería aquello que le ofrece la realidad. Contento en sus sueños de vidas por vivir, se frustraba con la luz que se filtraba por cada oquedad. Dicen que un clavo saca a otro clavo. Él se había enamorado de lo perfecto al desenamorarse de la vida imperfecta que le ofrecía una hipotética divinidad.

MELO

sábado, 27 de septiembre de 2014

Valiente

Marta miró una vez más la fotografía de su boda, esa que tantas veces había arrugado, tirado y vuelto colocar en su marco. Por un momento deseó ser más fuerte y no sentir dolor cada vez que recordaba a su marido.

Le había perdonado durante años. Cerca de cincuenta palizas había contado desde que se casaron. Él llegaba de trabajar harto y tenía que desahogarse, se decía Marta a sí misma. Ocho años aguantó, enamorada, las humillaciones de su marido.

Sin embargo, la tarde que se enteró de que estaba embarazada decidió que era hora de huir pues no podía permitir que su hijo viviese lo que ella había tenido que sufrir.

Ese día él llevaba turno de noche y Marta decidió hacer las maletas e irse. Sin embargo, el miedo volvió a paralizarle, del mismo modo que lo había hecho siempre. Cuando ya tenía el equipaje preparado recordó que, aunque de vez en cuando él le hacía daño, ella estaba enamorada y sentía que no podía irse.

Y, efectivamente, no se fue. Esperó despierta con una sonrisa en la boca hasta que llegó su esposo y le dio la noticia. Marta estaba locamente enamorada de él. Pero a él no le importó que ella fuese a darle un hijo. Es más, le pidió que lo abortase.

Ese fue el no retorno de la futura madre. Marta se dio cuenta de que su hijo iba a ser lo más importante de su vida y ella como madre se veía en la obligación de darle un buen hogar.

Esa misma tarde, cogió sus ahorros, alquiló un coche y viajó lejos, muy lejos. Por primera vez en años, había sido valiente. En poco tiempo encontró trabajo y una bonita casa donde vivir. Conforme el bebé crecía en su útero, Marta comprendía que el amor que sentía por su marido iba desapareciendo mientras crecía el que sentía por su bebé. Por fin entendió que el amor no solo puede sentirse por una pareja, que incluso puedes amar a un bebé no nato mucho más de lo que amarás a nadie jamás.

Finalmente, el día que Iván nació Marta entendió que ya no había amor entre ella y su esposo. Por última vez en 9 meses cogió la fotografía de su boda, la sacó del marco, la arrugó y la tiró. Instantes después, tomó la primera foto de Iván, aquella que ocuparía el marco que años antes portó la foto de un matrimonio maldito.


 Saravati

viernes, 26 de septiembre de 2014

La despedida



Laura se levantó a las siete, como todos los días desde hacía veinticinco años. Se consideraba una buena clienta. En sus charlas con el espejo se atrevía a definirse como una buena amiga de Alma, como su confidente íntima, Dios la librase de decirlo delante de cualquier otra vecina del bloque. Compraba  en su panadería desde que su marido y ella se mudaron, hacía ya diez años.
Consideró ponerse una chaqueta, allá por octubre solía refrescar por las mañanas, pero, llevada por la pereza, bajó directamente.

Alma había abierto temprano aquel día. Temprano dentro de sus parámetros, claro. Pongamos que a las cuatro de la mañana. Tan temprano que tuvo que palpar a tientas para encontrar la cerradura. El ayuntamiento nunca se había preocupado demasiado por aquel barrio o por su alumbrado.
Se regaló un momento, sacó una silla a la calle y se encendió un cigarro. Sabiéndose protegida por la oscuridad, esbozó una sonrisa. Cuando el verano venía a morir a Madrid, se permitía recordar aquella noche, antes de que él se fuera y tuviese que abrir la panadería.

De repente, los grillos escondidos guardaron silencio y Alma escuchó una risa ahogada. Casi pudo sentir un beso. Cuál fue su sorpresa cuando, bajo la luz de la única farola de la calle, vio a don Alfonso con una mujer que, sin lugar a dudas, no era su mujer.

Antes del segundo beso, el cigarro delator se había apagado.

Hoy, sentada a la puerta de la iglesia, Alma piensa en aquel día y en la admiración que le despertó aquella mujer, entrada en carnes y con los ojos perpetuamente llorosos, cuando entró a comprar y se encontró con una infidelidad como desayuno. Ya lo sabía, naturalmente. Le contó que Alfonso llevaba más de un año viéndose con ese cóctel de ansiolíticos que él llamaba Julia, pero Laura aguantaba.

Le explicó que, a pesar de lo que se veía en las películas o en las novelas, el desamor no es un amor no correspondido, ni una ruptura. El desamor es la ausencia de un amor que antes estaba presente y nos puede hacer sentir mucho más miserables que una combinación de lo anterior. Así le explicó que sí, su marido ya no la deseaba, o al menos no como antes, pero la quería. Quizá ella también había dejado de quererlo de esa manera. Pero seguían disfrutando de otro tipo amor alimentado por los años porque les aterraba la idea del desamor. Por eso seguía levantándose cada mañana para comprar pan y hacer tostadas para los dos.

Esbozando una sonrisa como la de aquella noche, Alma entró a la iglesia.
Djalí

jueves, 25 de septiembre de 2014

Me había parecido que te reías.



Medio dormido, notó un hueco en el lado de la cama. La escuchó hacer café, siguiendo la misma rutina de siempre. Portazo, cucharilla, azucarero. Era como haber visto la misma película millones de veces, como cuando vocalizas los diálogos. Y esta era su favorita.
Se levantó, fue a la cocina lo más silenciosamente que pudo y la cogió por la cintura. Se la comió a besos. La llevó de vuelta a la cama, pero a mitad de camino ella le chilló. ¡La cafetera! Que le den a la cafetera. No, no, no… esto no es una película, amor… nuestra casa se puede quemar de verdad. Solo un momento. Te lo compenso.
Apenas se había tumbado en la cama a esperarla cuando escuchó la explosión.
Ella lo despertó. Has gritado en sueños. ¿Estás bien? Sí, sí… Solo ha sido un sueño. Sin embargo, no se podía dormir. Sí, había sido una pesadilla., pero había empezado tan bien. La notaba diferente desde hacía un tiempo… ¿sería culpa suya? Intentaría sacarla de la rutina.
Estaba soñando contigo, con que te reías. ¿Qué te parece? Déjame, mañana me levanto a las seis.
Medio despierto, se dio la vuelta e intentó volver a dormirse.

 Djalí


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Colillas, pañuelos y helado de chocolate

Un cenicero lleno de colillas, pañuelos, helado de chocolate, una película antigua y tu amiga al otro lado del teléfono. Esta podría ser otra de las muchas decepciones que acaban con un: “Todos son unos cabrones”. Pero, aunque parezca increíble, no siempre es así.

¿Sabes cuando encuentras esas fotos o esas grabaciones en el móvil? ¿las gafas de sol o la bufanda que se dejó en tu casa? Yo sí. Me deshice de todo sin mirar a atrás. El dolor no se iría con aquella basura pero no sería tan intenso. Tenía esos días postrelación después de Éric. Él fue mi mejor amigo, con el que pasé dos de los meses más románticos de mi vida y al final la verdadera realidad se estrelló en mi cara junto al resto de mis sentimientos. Tuve que comprender que a ella la quería más o de un modo distinto al que me quería a mí. Nunca quiso hacerme daño. Es algo que no importa demasiado porque el amor, al fin y al cabo, duele esté bien o mal.
En lo que a mi respecta solo hay dos formas de afrontar el desamor: La primera es con una botella de vodka y otro clavo que saque al anterior. La segunda se trata de seguir con tu vida, rodearte de la gente que te quiere y dejar que el tiempo te calme y te de las respuestas que necesitas. Lo divertido llega cuando pensamos que ya lo hemos superado mediante la segunda opción y de repente, por lo que sea, caemos en la primera patéticamente. Es lo que llamaríamos una “recaída”. Algo así me pasó hace un par de sábados cuando salí con mis amigas a un bar del que ni siquiera me acuerdo bien con alguien que preferiría no recordar. No sé si su sonrisa me recordaba a la suya, si fue esa canción que cantaba o el puñetero alcohol... pero caí con cada vez más balas en mi espalda, cada vez con más frío. Creo que el verme así me sirvió para escribir el punto y final de ese periodo de olvido que dura, como mínimo, el triple que el enamoramiento.

Es curioso ver que lo que pensabas que no te afectaba ya, resulta que te hace vulnerable ¿Es que nos gusta ser masocas? ¿ciegos? ¿sordos? ¿gilipollas? ¿es que hemos perdido la fe? ¿o es que hemos abierto por fin los ojos y nos hemos dado cuenta de que el príncipe azul no existe? En ese caso la dama encarcelada en lo alto de la torre dejaría de esperar y descendería por las piedras que componen su prisión, se pondría a trabajar, contrataría un buen abogado contra su opresor y le mandaría un selfie al príncipe azul donde salga con sus amigas y cuatro maromos más. La realidad es muy distinta a los cuentos de hadas ¡Qué mal nos hizo Disney!

Así le volví a olvidar, pero un mes más tarde, cuando llevé a mi sobrina Lidia de seis años al circo, les encontré juntos dos filas más a bajo de la nuestra comprando palomitas al payaso de la flor azul. Aunque ya no dolía tanto, todavía noté ese punzón que me presionaba en el pecho ¿Qué pasó? Me vio... Fue cuando Lidia me estiró de la chaqueta y gritó señalando:
-Mira, tita Ana ¿ese no es tu amigo Éric?
Sus ojos se encontraron con los míos y juro que en aquella mirada no hubo rencor, ni dolor, ni tristeza... solo hubo un “no sabes lo que te he echado de menos”. Nos levantamos, nos dimos un fuerte abrazo y me la presentó. Era encantadora y le hacía feliz. No necesitaba saber nada más. Se quedaron con nosotras para ver a los elefantes, a los asiáticos que se suben por palos haciendo acrobacias y a esa mujer tan elástica como un chicle. Lo pasamos bien. Me enteré por terceros que siempre había estado pendiente de mi. Tuve la suerte de tener un amigo de verdad y por eso, a pesar del tiempo, nunca lo llegué a perder del todo.

A veces un adiós acaba por ser un hasta luego, por eso hay que esperar y dejar que pase. Incluso cuando todo parece perdido, la vida puede sorprenderte para bien. Solo hay que creer para verlo.


Alicia Salazar