lunes, 13 de abril de 2015

El suave rocío de la mañana

Las gotas van cayendo una a una sobre mi rostro. Luego se deslizan suaves por mis mejillas hasta acabar saltando al infinito. Llevadas por la monotonía de su trayecto, viendo el pozo sin fondo que espera al final, deciden actuar frías y faltas de sentimiento. Sin embargo, su semblante permanece calmado pero lleno de sentimiento. No puedo verlo, pero sí puedo sentirlo.

Aquí, bajo la tormenta, es todo oscuridad. Los ruidos suenan lejos, camuflados entre los gemidos de una soledad extraña. ¿Dónde estoy? La libertad se perdió en este laberinto de derrotas y mi alma se cansó de pelear contra el olvido. Ahora, tumbada, acepto el golpear del suave rocío de esta mañana en la que el sol no se atrevió a salir. A pesar de que sé que tú estás ahí.

A lo lejos, un breve fulgor se abre paso en este mar de negras ilusiones. Es una cálida ola de esperanza que va borrando la decoración de este maldito lugar. La lluvia, en vez de amainar, arrecia. Y poco a poco, voy siendo engullida por la supernova que explota ante mi mirada.

Estás ahí. Tú y tus ojos vidriosos que me rompen el alma en los suficientes pedazos como para estallar en un solo abrazo. Sobre mi cara están las lágrimas que llovieron, y sobre mi corazón está tu pecho latiendo fuerte, diciéndome que ya pasó todo. Hoy el amanecer será contigo, tras tres años dormida sin poder verte. Tres años sufriendo la lluvia de tu soledad.


Drizzt Beleren

domingo, 12 de abril de 2015

El largo camino de la aceptación

Mírame. Con la cara mojada por algo más que la lluvia. A mí. Que en los malos momentos conseguí secar tus lágrimas con fría calma. Que aguanté en pie por los dos cuando te fallaban las fuerzas. Mírame en qué me he convertido. Mírame con pena y compasión cómo me arrastro. Mírame a los ojos si tienes algo de valor.

Vergüenza. Vergüenza de mí mismo y mi orgullo por los suelos, pisoteado. Intento andar en el barro y trastabillo cada vez que se me incrusta el clavo de tu recuerdo. Y me ahogo en el fango, más aún. Quizá si me hundo hasta el fondo esté mejor. Solo quizá. Quizá sumergiendo mi cuerpo hasta el fondo llegue a encontrar lo nuestro que acabó muerto.

Me repetiste tantas veces que era único que me lo creí. Creo que no son celos, nunca lo fueron. Es el abatimiento por la evidencia de no serlo. El dolor de ver destruido nuestro mundo juntos, ése que me pediste construir hace tiempo. Ése que cuidábamos con mimos y sonrisas y ahora es triste y gris ruina. Aquel cuyos cimientos las dudas empezaron a resquebrajar. Aquel que decidiste que se podía dejar caer al suelo. ¿A quién le toca recoger los trozos?

Suelto mis penas con ira, destrozando hasta mi propio aliento. No quiero tenerte cerca, no te vaya a hacer daño. Tampoco quiero que me recuerdes como el loco que ahora me sale ser. Me levantaré o aprenderé a arrastrarme mejor. Quizá la penitencia me pueda calmar. Quizá así me olvide de mis errores y del tormento de haberlo podido evitar.

Yo sólo quería seguir siendo feliz contigo. Y tú me prometías que también, mientras te asegurabas poco a poco de que nunca más. Pesan y duelen tus palabras, más que nada, porque se rompieron sin maldad, como si fueran de fino fieltro. Más duele y pesa, y más adentro, el tenerte tan lejos. Sin arreglo.

Yo... no sé.

sábado, 11 de abril de 2015

Confesión

Ahora que respiro sobre tu piel, puedo confesarte que siento celos del viento. Él, que siempre ha portado tu fragancia expandiéndola injustamente entre el resto de mortales, poco a poco va erizando mi piel.
Ahora que soy capaz de rozar con mis dedos tu cuerpo, sin despertar con nada más que la angustia entre mis manos, quisiera detener el tiempo y ahorcar a los dioses que nos ahogan en su vorágine eterna.
Ahora que consigo que mis palabras alcancen tus oídos, permaneces aquí callada, sin nada que poder decir, sin nada que poder sentir.

Ahora que al fin mis lágrimas brotaron sobre tu piel te despides del mundo. Siento celos de la muerte, que se te lleva entre sus garras para alejarte de mis llantos. Te vas sin saber que te amé en la distancia, lejos del horror de tu vida, ajeno a la violencia que el amor te hizo sufrir.
Ahora, déjame tener, al menos una última vez, celos de tu corazón; pues dejó de latir a la par que marchaste, como tanto desea mi alma en estos instantes.

Hasta siempre.


Drizzt Beleren

jueves, 9 de abril de 2015

Thinking Out Loud

Al fin terminé de contar las estrellas que cubren hoy el cielo, pese a perder la cuenta innumerables veces por culpa de las líneas de tu cuerpo, y llegué a la conclusión de que no hay suficientes como para superar las vidas que daría por poder seguir amándote mañana al despertar. Mis latidos bailan al son de tu respiración que, calmada, te mantiene en el viaje de tus sueños. Tus párpados sumergen varias de las razones por las que te convertiste en la locura que guía mi camino, atrapándome en una infinita espiral.

Y es que mi joven corazón se esconde entre tus piernas, no quiere salir de ahí. Así es como pasan las horas, pero confiésame: ¿cómo acabamos cayendo nosotros también en esta trampa llamada amor? Somos el amanecer de la luna y la lluvia de arena, dos nómadas enredados por la mejor de las historias de amor. Ni los cuentos ni las películas podrían tan siquiera asemejarse. Tan real que lo hace único.

Vuelve abrazarme, antes de que nuestras vidas se acaben. Pues lo más cruel de la muerte será no volverte a encontrar.




Drizzt Beleren

miércoles, 8 de abril de 2015

Agallas

Escupo el humo a la ventana y me muerdo los dedos porque ya no me queda ni una sola uña más que me pueda comer. Esperar a ese hombre me pone de los nervios, ya que le he contratado podría darse más prisa en conseguir resultados.

Hace tiempo que me siento como una bombilla fundida, parpadeando pequeñas chispas de luz pero sin llegar a encenderme. También llevo tiempo diciendo que la culpa es tuya, pero empiezo a admitir que realmente es mía por consentirte que me sigas tomando el pelo. El verdadero problema es que si tu me pides que me arrastre hasta a ti yo lo hago ¿Por qué me hago esto mientras tú regalas besos a cualquier niñata barata que se te pase por delante en un bar? ¿Piensas que no lo sé? Me crees más tonta de lo que soy, porque tú tampoco es que te esfuerces demasiado en ocultarlo.

Me miro al espejo para insistirme en que acabe con esto. Este matrimonio hace tiempo que flota a la deriva, pero eres una droga, mi droga. Ni quiero dejarla ni compartirla. Siempre me califiqué como alguien que no era celosa, pero supongo que eso depende de la persona a la que esperes en casa.

Por fin, suena el timbre y sé que es él, porque a estas horas tú nunca estás en casa. Le abro y el detective privado pasa al salón. Con las veces que habrá tenido que hacer esto y ni se atreve a mirarme a la cara. Extiende las fotos en la mesa del salón y lo veo todo, por fin, abro los ojos. Todas mis dudas y temores se confirmaron con la prueba final. El hombre me cuenta todo lo que ha visto e investigado en estas dos semanas que lleva siguiendo a mi marido, pero las imágenes hablan solas. La secretaria, además de muchos otros encuentros de la ciudad, como no... Doy gracias a Dios por no haber dejado de mi puesto de profesora de inglés en el colegio como me pedías para ser una mujer florero como tú, el señor ejecutivo, querías. Era el trofeo que necesitabas enseñar para sentirte seguro.

Le pago, le doy las gracias y se va. Después recojo tu ropa en una maleta y me pongo a pensar en todo lo que creí aprendido en mi vida antes de ti. Se sabe cuanto le importas a un hombre según cómo te mire en el último segundo antes de marcharte. Sí, incluso aunque lleve toda la noche haciéndose el chico duro. Si te mira hasta que desapareces con cara de corderito degollado como suplicando que te quedes, entonces sabes que le interesas de verdad. Pero si lleva coqueteando contigo toda la noche y al final le pone ojitos a tu amiga antes de que os vayáis puedes dar por seguro que solo te usaba para dar celos a la que realmente quería esa noche y que probablemente trate de conseguir en otra ocasión. Así son los chicos, fáciles y previsibles. Esta es una de las teorías que una va elaborando. Y tú llevabas tanto tiempo sin mirarme así antes de partir...


Nosotras somos más listas y perceptivas en estos aspectos, pero solo es así hasta que nos enamoramos, entonces se nos nubla la mente y vemos lo que queremos. Así estaba yo. Uno es capaz de perdonar todo una y otra vez mientras quiere ciegamente a una persona, pero cuando por fin abrimos los ojos y vemos la realidad, hay que reaccionar y pensar en sí mismo, porque en estos casos la otra persona no lo va a hacer por ti. Mira que me lo dijo mi madre: “Hija no te juntes con un italiano que por muy guapo y bueno que esté y por muchas milongas que te diga, son muy machistas de toda la vida”. Le respondí que no se basara en estereotipos, no creo que haya que generalizar estas cosas y lo sigo pensando. Sin embargo, acertó de lleno con este. El problema está en que yo no le permito a nadie que me trate como un felpudo, llámame rara. Hay que tener agallas para desaparecer y dejarle de patitas en la calle, para ponerle las maletas en la puerta, cambiar la cerradura y coger un vuelo a Dublín hacia una oferta de trabajo y una posible nueva vida. La que se quedó con lo que era mío sabiéndolo o no, que se lo quede. Porque puede que me aferrara demasiado a él, sí... pero a mí me tengo más aprecio.
Alicia Salazar

martes, 7 de abril de 2015

Monstruito de ojos verdes.

Mis preguntas con reproches, tu mirada perpleja, las mil explicaciones y un sinfín de discusiones. Nunca acababa bien peor yo seguía insistiendo en mi inseguridad, en mi no saber si sería a la siguiente noche en la que pasaría y así seguía todo. Aun no sé si me molestaba más que tuvieras demasiadas amigas o que ellas dijeran mentiras de mí. Aun no sé si mi inseguridad era fruto de la tuya o de las noches en las que acabábamos buscándonos las cosquillas entre miradas desconocidas y preguntas indecentes. Era nuestro particular juego pero sé que nos acabó destruyendo por dentro y por fuera.

Esa cuerda de la que tanto nos gustaba tirar acabó deshilachándose y tú, intentando ocultar todos tus miedos tras los reproches hacia mis amistades más que normales, acabaste jugando a lo mismo. Y yo, bien conocedora de tus compañías, acababa fantaseando con tres o cuatro furcias que acababan rodeándote.

Se podría decir que fue la imaginación, la no realidad lo que acabó consumiendo los sentimientos que existían de manera verdadera. Fue lo irreal lo que acabó desencadenando una serie de catastróficas desdichas en nuestros corazones, en nuestras complicidades, bromas, sonrisas y caricias…

Fue el monstruo de ojos verdes que acecha a cada relación que va de la mano, la que la acabó separando de por vida.


Y me alegro. Me alegro mucho. 

Neko

domingo, 5 de abril de 2015

7 pecados - Parte V: El séptimo pecado

¿Sabéis? No fue fácil comenzar de cero con tantas cargas a mi espalda. Había abierto los ojos y al haber visto por primera vez la verdad gracias a Sor Catalina, el dolor no era tan intenso. Necesitaba los consejos de la madre que nunca había tenido, necesitaba que me cuidaran y me explicaran que a partir de ahora todo iba a ir bien y que el pasado quedaba atrás.

Había decidido escuchar única y exclusivamente a mi corazón. Puede que Él fuera el señor todo poderoso, pero yo era un ser humano racional que podía tomar las riendas de su vida por sí mismo. Un ser humano. No un robot. Y por lo tanto con emociones incontrolables. Ella y mis terribles acciones pasadas se habían ido para no volver y yo había empezado a pensar en mí mismo. Me di cuenta de que me había quedado con unos sentimientos que no había pedido tener y sin una sola razón para enterrar el recuerdo de la persona que amé y que dejó una huella imborrable en mi alma.

Sor Catalina me consiguió un trabajo en el orfanato de la ciudad. Allí pasé varias semanas limpiando las habitaciones de los pobres huérfanos e, incluso, los cuidé. Puede que no ganara mucho pero por primera vez en mi vida me sentí completo, sentí que aunque nunca pudiera compensar todas las vidas que quité quizás podía hacer algo bueno que me dejara buen sabor de boca y la conciencia tranquila antes de que llegara el día de rendir cuentas con el Señor, el Padre al que había dado la espalda para prestarme la atención que me había arrebatado desde mi nacimiento para ser algo que yo no había escogido. El recuerdo de Carmen me mantenía en el este camino que yo había decidido seguir, este que me hacía sentir vivo y en paz.

Volví a escuchar Su voz en mis sueños y tras varios días ignorándolo, llegué a verlo. Se me presentó una noche lluviosa de invierno en el espejo de los baños. Entonces lo vi. Me había equivocado. No era Dios. La voz a la que había obedecido estos últimos cinco años pertenecía al demonio. Su imagen era escalofriante. Me había embaucado y le había vendido mi alma con cada muerte que yo producía. Había firmado mi sentencia de muerte sin ni siquiera saberlo y ahora mi nombre estaba escrito con la sangre de mis víctimas en la lista negra que dicta quienes pasarán la eternidad en el infierno cuando la terrenal vida mortal termine. Me pedía un último pecado: Matar al hijo huérfano de Carmen que estaba en mi orfanato. Ni siquiera sabía que tenía un hijo, nunca me lo dijo. Le había arrebatado a la única persona que tenía en el mundo, su madre. Había cometido varios pecados: Matar a pecadores como yo inclusive mi madre, asesinar a la única persona que he amado, hundirme en el culo de las botellas de whisky, colocarme hasta quedar atrapado en el mundo irreal de las drogas, jugar con prostitutas como si fueran objetos hasta saciar mis deseos y cuando ya no me quedó ni un céntimo permitir mis desvaríos hasta perderme a mí mismo. Seis pecados. Ahora el diablo me prometía dejarme en paz si cometía un último encargo, matar a un niño inocente. Su alma a cambio de la mía.


Como he dicho, había decidido ser yo el que marcara el ritmo de mi vida así que hice lo que tenía que hacer. Di la espalda a la propuesta de Lucifer sabiendo que me torturaría en la oscuridad de mis pesadillas cada noche. Obtuve otro puesto de trabajo, adopté a Carlitos, el niño de Carmen, lo mantuve y traté de ser el mejor padre que pudiera tener. Él me seguía visitando cada noche y yo sentía su presencia vigilándome en la luz del día. Sin embargo, a pesar de los sufrimientos que me causaba recordándome mis pecados, no podía tenerme entre sus garras hasta que no completara el último de los pecados, el séptimo, el que había renegado de cometer por mí y por el pequeño. Ahora ya no estoy a su alcance, al menos hasta que llegue mi final. Ese día me estará esperando en la puerta del infierno con la más amplia de las sonrisas para que cumpla mi condena.

Alicia Salazar

sábado, 4 de abril de 2015

7 pecados - Parte IV: Opiácea gula.

Por supuesto que NO me arrepentía de haber arrebatado la vida a la única persona que yo pude amar casi tanto como a mi Señor y que me supo amar tal y como yo era, sin tapujos, sin menudeces, sin idealismos…

¿Por supuesto que no me arrepentía? Eso me decía cada vez que notaba ese malestar, ese dolor que sale de dentro, no sé muy bien de dónde pero que me hacía encontrar alivio inmediato en esas adormideras que me daban el jugo del opio y me dejaban la mente en paz, los sentimientos sin salir, la mente en blanco solo con la sensación de quien se sabe gozo y alucinación, sin saber distinguir la realidad de la ficción, de mi imaginación.

Me encantaría haceros un análisis detallado de lo que fueron esos días, pero ni yo los recuerdo. Sé que hubo más sangre, pero ahora de las putas que no me querían dar un poco más de su veneno. Sé que hubo vómitos, náuseas, un malestar que iba precedido de una relajación máxima al seguir inhalando. Sé que perdí mucho dinero, pues ahora no tengo ni para cobijarme una mísera noche. Y sé que hubo pánico, sudores, taquicardia y temblores.

Me acabé convirtiendo en una especie de vagabundo mental, que solo buscaba un poco más de aquello que le hacía evadirse de aquello sobre lo que no sabía por qué huía. Que intentaba pasar los días sin aquella sustancia de la mejor forma que podía, pues el vacío era horrible y la mente activándose aún peor…

Así, el siervo del Señor se acabó convirtiendo en uno más del rebaño, que solo sabe guiarse por las emociones, que no es capaz de entender lo que le pasa y que prefiere no buscar en sí mismo para hallar la clave de su malestar. Siempre degollando personas por ser míseras, sin ni siquiera saber cómo era yo. Siempre juzgando a los demás, pensando que sus vidas eran así porque ellos mismos la habían elegido…

Pero no, no me di cuenta de todo esto por mí solo…

Aún recuerdo el fin de mi agujero coronado por una pequeña monja, servicial, que me acogió en su convento dándome un poco de su caldo caliente y de su paciencia inmensa. Hizo conmigo lo que nadie hasta entonces, preguntarme quién era yo, negándome cada afirmación de que servía a un Señor. Ella, irónicamente, no buscaba eso, sino que me buscaba a mí. Quería saber por qué había llegado a ser cómo era y no dudó ni un segundo en pasar conmigo esas semanas agonizantes, aguantando el mono por un poco más de opio, un poco más de relajación.

Me enseñó algo muchísimo más difícil que cómo arrebatar o devolver la vida a otros. Me enseñó a mirarme por dentro, a saber qué me faltaba, que me hacía falta para ser feliz, sin doctrinas morales de por medio, sin juicios sobre la vida de los demás, que era, a fin de cuentas, igual de miserable que la mía. Me enseñó que todos podemos huir por la vía fácil, la de las drogas, los conjuros o las maldiciones pero que, lo realmente difícil, es superar todo eso y conquistar la vida con unos rayos de felicidad. Me enseñó que no hay Señores, sino valores; que podemos servir a quien queramos, dándole el nombre que queramos, siempre que nuestro corazón sea el que nos dice si está bien o no.


Me enseñó tantas cosas… 

Neko

viernes, 3 de abril de 2015

7 pecados - Parte III: Remordimiento

Todavía pienso en ti de vez en cuando. En tus lascivos pechos, en tus intensos ojos y en tu bonita sonrisa. No debería, y me castigo como el bendito señor me dice que lo haga. La penitencia es dura, pero tengo que volver a la rectitud que me salvó hace tiempo. Eres un pecado que me cuesta purgar. Un pecado que me hace dudar y querer dejarlo. Pero no puede haber duda en la mano que obra con divina justicia.

Siempre supe que había algo realmente mal dentro de mí. Algo que no debería estar ahí, que ensuciaba mi ser desde lo más profundo. Algo que no tenía que alimentar y que olía a podrido. Durante tiempo traté de ahogarlo como te ahogué a ti. Pero sin sentir placer. Continuamente busqué refugio y ayuda, pero nada servía. La borracha y puta de mi madre nunca fue un gran apoyo, ni siquiera cuando estaba en casa sobria. Lo único que hacía entonces era quejarse y maldecir por no poder irse a por droga al callejón más cercano. Intenté ser lo más recto posible entonces, y acabé intentando nadar en un lodo de inmundicia. Siempre que me acercaba a la orilla me acababa hundiendo en el fango. Hasta que supe de Él.

Como azar del destino, o quizá fue su siempre inapelable voluntad, llegué a escuchar como me salvó de la muerte. Y no sólo eso, también que esos segundos sin aire en mis pulmones pudieron afectarme a la cabeza. Y sin embargo ahí estaba, el hijo perfecto de la más imperfecta madre, así era por fuera. Dijeron que fue un MILAGRO. Desde entonces, me dediqué a Él, y aunque le siga sirviendo toda la vida, nunca podré agradecer todo lo que hizo por mí. Poco a poco todo empezó a tener sentido. Y fue entonces cuando empecé a oírle, hace cinco años. Me pidió que fuese el que cuidase su jardín de las malas hierbas. Me pidió que arrancase los brotes marchitos y las flores podridas para crear nuevos capullos y brotes. Me pidió que le cuidara las petunias.

Me dediqué a cortar los tallos pecadores que Él me señalaba. La primera fue mi madre, como acto de fe. No fue difícil. Sólo tuve que pincharle un par de veces de más mientras dormía, ya bastante drogada. Se dejó ir con facilidad. Fue hasta bonito. Me gustó. Salvé a mi madre de su propia vida. Empecé, al principio poco a poco y luego ya de manera vertiginosa, a caer en una cascada de purgas en las que yo era a la vez juez y verdugo, guiado siempre por su inmensa sabiduría. Disfrutaba cada ritual como un acercamiento a mi salvador. Enfoqué la parte turbia de mi ser en hacer el trabajo sucio que un Dios no debe hacer, pues le mancharía. Y Él es blanco y puro. Muchas veces me pregunté por qué me hizo así, con hambre por dentro. Los caminos del señor son inescrutables, y yo nací para ser su mano dura.

Hasta que te conocí. Un alma errante y perdida que buscaba su camino. Sentí lástima, e intenté mostrarte el mío. Intenté que fueras como yo y que caminaras conmigo. Quise que cuidáramos el jardín juntos. Me salí de la sagrada calzada por estar contigo. Desafié su furiosa voz que me decía que estaba mal y que lo pagaría. El precio ha sido muy alto. Cometí más de mil pecados contigo.

Descargué mi parte oscura en el resto del mundo, pero no era suficiente. Cada vez necesitaba más para saciarme y empecé a oírle cada vez menos. Por primera vez, empecé a descarriar y a desatar esa parte de mí que antes había estado reprimida o guiada. No quise culparte y compartí mi secreto contigo. Pero tú no lo entendiste. Te llevé al precioso jardín que había preparado para nuestro señor y tú le pisaste las petunias. Sus bonitas petunias.

Tuve que hacerlo. Por mi señor y para hacerte pura y libre. Y nunca disfruté tanto de aquello. Él me volvió a guiar y desde entonces está mucho más vivo en mí. De vez en cuando siento culpa, y me fustigo. La sangre es el único camino. Ahora que los demonios son fuertes y me atormentan, noto que él está conmigo.

M E L O

miércoles, 1 de abril de 2015

7 pecados - Parte II: El elegido

No era la primera oveja descarriada que acercaba a mi pastor, mi Dios. Habían sido cinco años en los que matar, o como él lo llamaba, “salvar a un pecador” había sido mi único trabajo. Empezaba a creer que esto iba a acabar con todo lo bueno que había construido a lo largo de los años. Obligado a sentir placer por lo que hacía crecía en mi un sentimiento de dolor. Furioso y atormentado, las noches se me hacían eternas y el miedo se agolpaba dentro de mi cada vez que él me pedía volver a repetirlo. Era insaciable. El olor a sangre me provocaba náuseas y los gritos de mis víctimas se hundían en las entrañas de mi cerebro.

Este había sido mi destino. Siempre. Él lo quiso así. Cuando nací del vientre mi madre, todos lo supieron: yo era el elegido. Nos lo demostró matándome por un momento, enseñándole a mi madre que solo él podía ser quien decidiese sobre mi futuro. Sin respiración y a punto de desvanecerme entre las almas pecadoras e impuras él me devolvió a la vida no sin antes dejar claro que este iba a ser mi destino, estaba escrito con sangre, con la que mi madre me hizo nacer.

Había llevado muchas almas con mi pastor durante estos cinco años. Almas perdidas, suicidas, olvidadas... Algunas incluso me suplicaban que lo hiciese, que acabase cuanto antes con el sufrimiento que la vida les había provocado. Era un deber agotador. Deseaba librarme de esta presión que invadía mi alma y me hacía sentir fracasado, golpeado por la vida. Pero no podía huir, él me había dado la vida y tenía todo el poder sobre mi. 

Sarasvati